En la casa del aire

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En la casa del aire no hay vendavales, así que para moverme no puedo utilizar mi camisón blanco a modo de vela. No tengo más remedio que caminar pisándome la tela y con la sensación de que me voy a caer en cualquier dirección. Llevo los pelos levantados, sin gravedad, como una loca alucinada a la que le acaban de administrar un electroshock y una taza de colacao caliente para que no me pierda, como una brújula que me permite encontrar mi centro.

No hay ventanas ni rejas en la casa del aire, sólo reflejos de aguas que tamizan el sol. Y voy pensando de un lado a otro, presionando teclas con los dedos gordos de los pies, teclas que me encuentro por todas partes, en el suelo que no existe, en el techo que ha volado, en las esquinas que no se tuercen.

Alguien me dice una palabra y comienzo a volar, como un fantasma de película de terror barata, apretando teclas que construyen un relato, formando un marco, fabricando un cuadro de esa palabra.

En la casa del aire no se me encuentra, porque yo también me deshago en partículas de oxígeno en cuanto se me roza.

La Niña el Mar Muerto

 

Mari Luz se levanta a veces como la proa de un barco cabeceando hacia el sol de levante. Se desliza descalza, navegando sobre las losas del pasillo, hasta el espejo del baño. Se reconoce, siiiii, claro que se reconoce, se ve con los ojos miopes y se adivina tan borrosa como es realmente todos los días, antes de poner en marcha el despertador interno.

Hoy ha entablado una conversación de gestos muy especial con el espejo. Se ríe al mirarse desgreñada, se va lavando los dientes como puede, porque casi se ahoga con la mezcla de la risa y la pasta burbujeando en esa boca de león mañanero. Cada vez que se acuerda del piropo que él le dijo ayer, se monda. A ratos se le escapan lágrimas de felicidad al imaginarse la escena, como cuando una Miss recibe su corona en el escenario.

– Anda niña, que eres mu salá- le dijo Paco a la oreja – más salá que el Mar Muerto.

Ella estalló en un río de carcajadas y se imaginó a sí misma con varias peinetas, bata de cola y tacones rompiendo un tablao.

– Sí, soy La Niña el Mar Muerto- respondió con tono agridulce- y voy a cantar por peteneras todos los amaneceres.

Por un momento se le vinieron las tristezas de muchos años a ensombrecer su garganta. Pero no le duró mucho, y recuperó la voz de ocarina tierna, porque se imaginó flotando en las aguas del Mar Muerto, más densas que ella, con más sal que su estatua. Iba como en un flotador, girando divertida, chapoteando con pies y manos, sin prisas.

Y se sintió flotando sobre un mar de mariposas.

 

me_laciter Me Lacíter

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Annabergite

 

Anoche soñé que mi madre tocaba la flauta travesera en un concierto. Y luego que mi supuesto novio-que-no-lo-es me regalaba un anillo de annabergite (véase la foto).

No es por nada, pero esto me hace sospechar que están confabulando para algo grandioso.

La relación entre mi novio supuesto y mi madre travesera siempre ha sido azarosa, mendicante, trapacera e inextricable. Pero, como siempre han tenido esa noble actitud de salvar mi vida por todos los medios, incluso por encima de mi cadáver, pues al final se avienen a un entendimiento que supera todos los diccionarios que yo tengo.

Verán ustedes, no es que yo me sienta ninguneada, no, más bien es que necesito una brújula torticera que me permita salir airosa de mí misma entre ellos dos.

A veces me hago la sorda. A veces me hago la ciega. Incluso he llegado a gritar una noche entera para quedarme afónica y no tener que expresar mis opiniones en voz alta a la mañana siguiente. Pero ellos se incrustan en mi paisaje como mi mascota cuando quiere paseo.

Hombre, la idea de que mi novio sea capaz de regalarme algo tan hermoso ha suavizado la percepción interna que tengo de él y que jamás le cuento, porque mi deseo es casarme para poder atravesarme en la alfombra de la entrada de su casa y así parecerme más a mi-madre-que-no-es-mi-suegra.

Foto: Annabergite:  mineralografía mindat.org https://www.mindat.org/min-240.html

doslenguas

Verde. Te miro.
Amarillo. Te peino las canas.
Rojo. Me río en tu nariz.
Gris. Te hago una ola de besos.
Naranja. Me como tus macarrones.
Violeta. Te robo palabras y te encierro en ellas.
Oro. Me pestañeas.
Plata. Te río por las comisuras.
Azul. Me haces el calamar.
Negro. Te desfleco el alma.

Dongo danga

Dongo danga

tongo tanga
dimbrel mimbrel
panga danga.
Binga dunga
trembel camblar
himbel gingler
manga danga.

Y después comenzó una tormenta con muchos rayos y truenos, vacas volando y vampiros tomando café.

Canción pa nenes muy monos.

Foto: http://www.danga.es/

Le soleil ligón

Había viento de sureste suave y el sol no quería ponerse todavía, bueno, en realidad estaba puesto allí en lo alto, pero no quería esconderse. Le gustaba ver pasear por la dársena de levante a toda esa gente con ganas de hablarle. Porque todo hay que decirlo, el sol se sentía un poco solito haciendo de calefactor e inductor e la fotosíntesis. Los barcos cabeceaban contentos, esperando que alguien los pilotara para irse de paseo a ver delfines, era el día propio.

El sol vio un yate de dos palos y 12 metros de eslora, precioso, con una bandera francesa ondeando nueva, y la cubierta recién fregada. Siempre se había dejado seducir por la pronunciación de su nombre con ese glamour, “soleil”. Bajó a cuchichear con el yate, para hacerle proposiciones deshonestas. Aprovechando que el capitán se había ido a tomar unas birras por el puerto, le soleil estuvo rondando al yate cantándole canciones de tuna y recitándole hermosas poesías de esas que la gente le dice a la luna cuando va algo pasada de rosca.

En un descuido, el sol o le soleil, como prefiráis, se acercó tanto, que prendió el velamen y aquello comenzó a arder y la lió parda, como cuando entró en la fábrica de Vulcano para competir.

Llegron bomberos diligentes y con ese subidón de adrenalina que produce una de sus intervenciones, apagaron el fuego y de paso ducharon al sol, que ya olía mal de todo el día por ahí sudando.

Todo se quedó negro un rato, el sol se quitó el disfraz de soleil y se pujo su pijama de estrellas. Y la gente, ignorándole, siguió paseando y dándose al jolgorio por la dársena de levante.

 

 

Heliopondrio el Contemplativo

Adoradora limitada

Gallo

No soy tu adoradora. ¿Y qué pasa si tú eres un “Creador”?, pues yo soy una exploradora con minúscula y ya está. Y, por si lo desconocías, a un creador le corresponde el mismo porcentaje de capacidad destructiva que de creativa. Tu endiosamiento mismo te destruye a ti, te aísla y te impide ver y oír de verdad, ¿no lo estás viviendo?

Me has dejado boquiabierta con tu música y me hubiera encantado volar dentro de tu cabecita cuando la compones, para saber qué estabas cociendo allí. Reconozco que me emborraché de sonidos, tonos y armonías, y que tu entrega a esa música me impresionó y me enamoró. Pero eso no me hace esclava de tus gustos y principios, por principio yo tengo los míos.

Estás acostumbrado a llevarte de calle, y de cama, a todas las mujeres que se cuelan en tu aura. Pero tu aura no es dorada completamente, ni siquiera fucsia. Has tenido la mala pata de topar conmigo, que soy diseccionadora de insectos y me gusta rebuscar en las laderas de los caminos, allí donde se va dejando caer todo lo que creemos que no sirve para nuestro ego.

Me llevo de regalo un cachito de tu ego, a ver si así yo menguo mi soledad y tú incrementas tu humildad. Pero eres un ser tan cavernícola como brillante y si eres un árbol tan grande y hermoso, a tu alrededor sólo pueden medrar plantitas pequeñas y parásitos serviles.

Un beso de todas formas, aunque no sepas recibirlo porque no me he sometido a ti. Sé que tú eres tan esclavo de la naturaleza como yo.

Marieli

Miel gris

Miel gris.
Gris y miel.
Aunque el mar hoy se ha puesto la chaqueta gris, como la mía, y el cielo se empeña en llover, hay reflejos dorados y amarillos, que me sacan el color miel de los ojos, así recupero la fe en que no todo es casposo. Los barcos de la atarazana hacen brillar al fondo los mástiles de los nuevos, pero esperan ser reparados y, aunque no puedan competir, podrán navegar sin muletas.

Msol

Un sentido y cinco pieles

Marín Marais

¿Que es?, ¿qué  dice?

Oigo su voz.

Es la piel. Su piel suave.

¿A qué  huele?, ¿qué roza?

Huele a comino.

Es la piel, su piel suave.

¿Qué mastica? , ¿que chupa?

Sabe a arándanos, arándanos negros.

¿Qué  toca?, oigo un violín.

No, es un cielo.

Es la piel, su piel suave.

Veo un poro,  otro poro y otro.

Y es la piel.

Mi piel de elefante y su piel suave.

 

De sogas y semisuicidios

No era agua. Estaba lloviendo, pero no era la gotera de siempre lo que caía sobre la cara de Eutiquia. Eran trozos del techo, que le estaban cayendo en la cara, mientras contemplaba embobada ese espectáculo, espanzurrada en la cama. Se sintió ruin por no haber llamado a los albañiles a tiempo. Pero cambió de idea cuando oyó además una especie de grito y otro batacazo en el suelo, digo en el techo, de su dormitorio. Con el pijama lleno de manchas, porque había pasado tantas horas delante del ordenador que no había tenido tiempo de lavarlo, bajó con prudencia de la cama, se puso las zapatillas, esperando que algo resolviera ese misterio, para no tener que moverse y poder volver a roncar con soltura, y subió a casa del vecino.
Nadie abrió la puerta. Volvió a por la llave que tenía para regarle las macetas en sus ausencias y entró sofocada, pidiendo mentalmente que todo fuera una tontería. No estaba ella para esas incomodidades.
Allí estaba Genaro, tirado en el suelo, con una soga alrededor del cuello, la cara muy moradita y un priapismo algo vergonzoso. Pero no, no estaba muy muerto del todo, aún hacía chirivitas con los ojos y sacaba la lengua intentando decir algo.
Eutiquia siempre había sido algo pava y tardó en comprender que ese señor, su muy estimado vecino, debería haberla avisado, porque con estas cosas los precios de las viviendas se devalúan. Pero en un arranque de caridad, se lo perdonó y corrió a por el cortaúñas que estaba sobre la mesilla, le costó bastante romper la soga.
Genaro pudo incorporarse y extracorporarse, es decir, no sabía muy bien qué hacer, pero se agarró a Eutiquia en un arranque de simpatía y los dos volvieron a caer al suelo, ¿qué digo al suelo?, al techo, al de ella, y dieron un cebollazo en la cama de ella, como era de prever. La vida sedentaria y las dietas de usuario de ordenador, que son poco sanas, ya se sabe. Fue así como el amor surgió del delirio de un semisuicidio.
Fin, por supuesto.