Mousse de lentejas

No, si es que las dos del mediodía no es buena hora para resolver problemas serios, una anda pensando ya en su mousse de lentejas sobre un lecho de humo de embutidos del país y lo de escuchar a los demás se hace pelín arduo. Bien está que me pase la mañana ajustando diabetes e hipertensiones en inglés, que para eso he desayunado mis patatas con torreznos, como mandan los cánones de la era prefranquista, pero a las dos de la tarde, el mareillo sólo me permite llegar a ciertos límites, los demás se piensan que es que tengo Alzheimer, pero mi yo íntimo sabe que es la añoranza de la mousse de lentejas. Como tengo un cupo cuyos nombres recuerdan a una lista de la ONU, me desgasto en un sinvivir de úlceras que me hablan en islandés, amigdalitis que me cuentan penas en marroquí, ambulancias que me atraen con susurros belgas, migrañas rumanas y muchas isquemias de aroma británico, que no falte de ná. Me he instalado un traductor simultáneo en la base del cráneo, me lo compré el otro día en el tres por dos de carrefour, junto con una cisterna de litros de paciencia y un desmareante sincronizado. También llevo a veces un escapulario con un trozo de reliquia de santa Miratorva de Achís, pero se me engancha con el fonendo, así que he optado por ir lo más sencilla posible, con lacara lavá, para entregarme en cuerpo y alma al amor de las muchedumbres. Pero que no venga nadie solicitar reducciones de mama ni aumentos de pene a última hora, porfaplis, que la rememoranza del humo de embutidos del país, el calabacín de faralaes y la dorada en barca de fresas, me vuelve loca y entonces me dedico a hacerles tactos rectales a los que vienen porque les ha salido un golondrino acusador en el mismísimo sobaco (más conocido como axila). A mí que me dejen, que tengo que reflexionar.
[Foto: Sebastian Kaulitzki para shutterstock]

Zulo de flechas

Mira guapa no me mires con esa cara que delata el zulo de flechas que llevas dentro. Anda, haz el favor de no secuestrarme los sentidos, que como me los sigas mortificando te voy a tener que cantar una de Rocío Jurado.
Sé generosa y lánzame la flecha de la vista, pero no la que me ciega, sino la que engancha el ojo con el tacto, o mejor échame varias microflechas, dame una tapa de pinchitos de tacto, para que te los pueda ir clavando o me los claves tú a mí, que no sé lo que hago o digo, que esto de sentir por los sentidos lleva a muchas confusiones y luego se me dispara a mí la flecha de la lengua y la liamos. Bueno no, que la flecha de la lengua es tuya, esa que me entra por la orejilla, me produce picor y escalofríos y luego ardores en las antípodas, mientras tú te descojonas contemplando los efectos.
No sé si me entiendes, en realidad, mis metáforas siempre han sido algo oscuras, pero es que yo soy del bosque, ya te lo dije desde el principio, y tú de los limones del Caribe.
Venga, apunta y dispara, que cada día te pareces más a Guillermo Tell, y yo aquí todo emocionadito con el corazón en una manzana.
Déjame escapar a cambio de un rescate: Siempre mantendré silencio acerca del sabor de tu boca.

Fantasgoritmos

Es que cuando hablas se me desmelenan fantasías en formas de logaritmos, o se me hacen las fantas gorgorismos en los cuellos, así que me he comprado un par de tapones para que me proteja la sordera, por no oírte haré lo que sea, he tardado muchos años en huir de tus halagos, de tus susurros y de tus parabras de saltimbanqui, bueno de la imaginación de tus palabras, porque tú huiste con mucho más de lo puesto en la época en que aún no se vendían dinosaurios en las tiendas de los chinos.

Si es necesario me tiro a la piscina, así buceando sólo oiré gorgoteos de olitas y el pitido de mis oídos, pero bien sabes cuánto me gustaría ahogarme contigo.

Mis fantasgoritmos me cuidan entre algodones para que pueda ascender a glorias supraurbanas, a veces sin oxígeno, porque respirando por branquias es muy fácil volar en medio de la hipoxia, como en un viaje espacial de cohetes a lunas de colorines.

Los cálculos de mis latidos me tienen entretenida, pero pero ya no te espero, porque para que se me pare el corazón ya existe otro mundo feliz, sin huxleys con pronósticos funestos, más bien con harleys de mentirijillas que me disparan hasta el infinito de mi ser y más allá.

Como ya sólo eres un fantasma, puedes seguir hablando, mientras yo hago con mi garganta fantasgoritmos.
[Foto: garganta de los infiernos. Fuente: dondeviajar.net]

No hay marmotas

A Poldos

Andaba el buey de mar peludo en promíscuo jolgorio con la marmota, cuando tuvo que venir su padre, el buey mayor, calvo él para más señas, a interrumpir sus emisiones de oxitocina. Y es que no había manera de escapar a sus habilidades de rastreo, ¡ni que fuera un perro! De todas formas, ellos se las apañaron para escaquearse y escarcearse, amorosamente, se sobreentiende. Así que unas semanas lunares después, tuvieron marmotitas y bueyecitos, que se dedicaron a disparar con tirachinas a toda la vecindad. Verán ustedes, no es que yo sea especialmente cotilla, pero es que hay cosas que no se pueden tolerar. Y aquello ya estaba rozando el castaño oscuro. Así que me dispuse a sentarme a la puerta en la silla de anea, con mi bastidor, disimulando en un bordado manido mi ansiedad por atrapar a semejantes energúmenos y darles su merecido.
Pasó primero doña Marmótez del brazo de su adorado don Buéyez y seguían tan vergonzosamente acaramelados que ni cuenta se daban de los estragos de su prole.
Antes de ejercer mis derechos de ciudadanía, yo apelé a la sabiduría del buey mayor, calvo él, como ya se sabe, para ver si podía darles algún consejo o directamente con la vara verde. Pero, aparte del pelo, había perdido memoria y autoridad y me dijo que me fuera a paseo.
No tuve más remedio que dar paso a mis más íntimos deseos de venganza y saciar mi sed de justicia, ante tanta desidia.
Me hice una paella y un abrigo de pieles, con todo el dolor de mi corazón. Pero es que si hay algo que no soporto en esta vida es tan malísima educación.

Q.E.P.D.

El cencerro de esmeralda

 
 
Esto era un cencerro esmeralda, me dijo él, con refuljores, aclaró.
Yo por más que miraba el cencerro no veía más que un badajo de hojalata cualquiera, pero la imaginación es libre.
Y siguió narrando celibateces carcelarias acerca de su anatomía.
Yo le escuché atentamente, es decir, mirándole muy fijo pero sin enterarme de nada, porque iba haciendo una narración paralela en mi interior, es decir yo para mí misma, jamás se la contaría a él, ya que derribaría el concepto de dios que tenía de su ser.
La verdad es que un poco verde sí estaba el cencerro, verde era también él, pero tanto como de esmeralda,… no sé, no alcanzaba el grado de dureza de una gema, más bien el de un entrecot tierno, o llamémoslo filetillo. Pero yo seguí con cara de atenta.
Lo de los refuljores me hizo mucha gracia, porque necesitaba un buen baño y no se le veían los brillos ni en las regiones apicales.
En resumen, me contó unas proezas un tanto originales intentando impresionarme, sin darse cuenta de que lo que más me estaba impresionando era la imaginación y la jeta que le echaba, pero, siguiendo su discurso, llegó a una narración de hechos encadenados festejosos y rijosos que tenían su miga, su aquél y su gracia.
Luego, cuando ya empezó a adormilarse, le acabé de lavar la sonda, le cambié los parches y terminé la cura y me fui sonriéndole con un hasta mañana.
 

Desde Ali’ite

 

Hola, aquí estoy dentro de esta botella de cristal verde y grueso, mirándoos a distancia, algo distorsionados, y escribiendo mis experiencias en mi microordenador con los pelillos de la nariz o con estas barbas de pez, que ya no sé lo que soy. Por el cuello de la botella entra un agua cálida generalmente, lo que me permite mantener las rayas amarillas que me quitan la depre del encierro. Entré y no sé cómo salir, las aletas se me quedan algo tumefactas a veces y soy demasiado pequeño para embestir el cristal y empujar la botella a la superficie. Entró algo de arena en el viaje y se ha quedado varada en el fondo de esta playa de olas suaves. Espero que una buena tormenta me saque de aquí, me abruma tanta belleza y tanta luminosidad.
De vez en cuando como un poco de plancton a vuestra salud, y escribo cuentos repipis de corales y cangrejos hermitaños. Por aquí no suele haber mucha basura, porque hay pocos seres humanos todavía, tampoco espero que se conviertan en peces, como yo, no me apetecería encontrarme de repente con un pez sierra de vecino, o sí, lo mismo sería para hacerme un favor de bricolaje en la botella. Tampoco desearía huir y acabar en alguna ría debajo un puente, ya he nadado por demasiados mares que no me ofrecían puntos de referencia válidos.
En realidad me conformaría con salir por aquí y desovar en algún hueco, entre esponjas, por ejemplo, donde no alcancen las morenas de las grutas, ni las rubias de la playa que entran corriendo al agua sin saber dónde pisan.
O morirme de pena dentro de esta cárcel transparente y ser encontrado por ese biólogo pecoso que he visto bucear a lo lejos, para que me diseque y me exponga en el museo Oceanográfico.
Al fin y al cabo, dudo que sea normal encontrar otro pez con estas narices de Pinocho.

Ha pasado un pez que no conozco, andaba despistado y ha picado en un cebo que lleva ahí por lo menos una semana. Claro que lo que no se esperaba el pez era encontrarse un cebo con sabor a paté de cannard, a mí me hubiera gustado más saber a bonito del norte, pero los genes mandan. Al pobre pez se le han hecho un revoltijo las branquias con la aleta caudal y yo he creído que por fin había encontrado la solución a mis angustias por el crédito del banco.

He emitido un suspiro que ha asomado a la superficie en forma de burbujas envueltas con algunas algas. Siempre he sido condescendiente con mis amigos, el precio autoimpuesto por tener cara de besugo.

La felicidad colea.


Se acerca un cocodrilo. Sospecho, por la cara que trae, que va a intentar ligar conmigo.

Hola, aquí estoy dentro de esta botella de cristal verde y grueso, mirándoos a distancia, algo distorsionados, y escribiendo mis experiencias en mi microordenador con los pelillos de la nariz o con estas barbas de pez, que ya no sé lo que soy. Por el cuello de la botella entra un agua cálida generalmente, lo que me permite mantener las rayas amarillas que me quitan la depre del encierro. Entré y no sé cómo salir, las aletas se me quedan algo tumefactas a veces y soy demasiado pequeño para embestir el cristal y empujar la botella a la superficie. Entró algo de arena en el viaje y se ha quedado varada en el fondo de esta playa de olas suaves. Espero que una buena tormenta me saque de aquí, me abruma tanta belleza y tanta luminosidad.
De vez en cuando como un poco de plancton a vuestra salud, y escribo cuentos repipis de corales y cangrejos hermitaños. Por aquí no suele haber mucha basura, porque hay pocos seres humanos todavía, tampoco espero que se conviertan en peces, como yo, no me apetecería encontrarme de repente con un pez sierra de vecino, o sí, lo mismo sería para hacerme un favor de bricolaje en la botella. Tampoco desearía huir y acabar en alguna ría debajo un puente, ya he nadado por demasiados mares que no me ofrecían puntos de referencia válidos.
En realidad me conformaría con salir por aquí y desovar en algún hueco, entre esponjas, por ejemplo, donde no alcancen las morenas de las grutas, ni las rubias de la playa que entran corriendo al agua sin saber dónde pisan.
O morirme de pena dentro de esta cárcel transparente y ser encontrado por ese biólogo pecoso que he visto bucear a lo lejos, para que me diseque y me exponga en el museo Oceanográfico.
Al fin y al cabo, dudo que sea normal encontrar otro pez con estas narices de Pinocho.

Ha pasado un pez que no conozco, andaba despistado y ha picado en un cebo que lleva ahí por lo menos una semana. Claro que lo que no se esperaba el pez era encontrarse un cebo con sabor a paté de cannard, a mí me hubiera gustado más saber a bonito del norte, pero los genes mandan. Al pobre pez se le han hecho un revoltijo las branquias con la aleta caudal y yo he creído que por fin había encontrado la solución a mis angustias por el crédito del banco.

He emitido un suspiro que ha asomado a la superficie en forma de burbujas envueltas con algunas algas. Siempre he sido condescendiente con mis amigos, el precio autoimpuesto por tener cara de besugo.

La felicidad colea.

Se acerca un cocodrilo. Sospecho, por la cara que trae, que va a intentar ligar conmigo.

 

 

En la rueda del reloj

     Como se me ha oxidado la rueda del reloj, el tiempo se me descalibra y mi Swatch sólo sirve de adorno para presumir, pero me quedo enganchada a ratos en tramos detenidos que me producen jet-lags. Así que para matar el tiempo, antes de que me mate a mí, me he hecho asesina en serie. Me dedico a ir a degüello a por esas víctimas que tánto confían en mí, en mi palabra, me dedico a rebanar cuellos con las afiladas hojas de diccionarios nuevos. La desventaja, que siempre dejo rastros, la ventaja, que mi cara de angelito no levanta sospechas. El resultado, que un vecino mío que dice ser detective privado me va poniendo al día de los fallecimientos, que ya empiezan a ser seis. Así voy frenando este parkinson mortal que me tiene como una rueda dentada que se atora y se acelera sin control. Y mi vida es más llevadera, menos acomodaticia, pero más llevadera. A ratos pienso en mi senectud y me siento frustrada por tantas filosofías erróneas que encaminaron mi vida a unos engranajes descascarillados. Pero enseguida se me pasa y salgo a buscar el próximo destinatario de mis palabritas. Es bonito ver cómo la letra con sangre entra o, mejor dicho, cómo sale la sangre con la letra, cómo el saber sí ocupa lugar y cómo todos esos dichos de mis abuelos toman un sentido inverso, como si se hubieran vuelto locas las manecillas del reloj.

Voy a dar cuerda a mi óxido, porque las pilas ya no funcionan y he tenido que retroceder. Volveré dentro de un ratito, no os mováis, por favor, y enseñadme las laringes para que haga un casting de degollables.