Zulo de flechas

Mira guapa no me mires con esa cara que delata el zulo de flechas que llevas dentro. Anda, haz el favor de no secuestrarme los sentidos, que como me los sigas mortificando te voy a tener que cantar una de Rocío Jurado.
Sé generosa y lánzame la flecha de la vista, pero no la que me ciega, sino la que engancha el ojo con el tacto, o mejor échame varias microflechas, dame una tapa de pinchitos de tacto, para que te los pueda ir clavando o me los claves tú a mí, que no sé lo que hago o digo, que esto de sentir por los sentidos lleva a muchas confusiones y luego se me dispara a mí la flecha de la lengua y la liamos. Bueno no, que la flecha de la lengua es tuya, esa que me entra por la orejilla, me produce picor y escalofríos y luego ardores en las antípodas, mientras tú te descojonas contemplando los efectos.
No sé si me entiendes, en realidad, mis metáforas siempre han sido algo oscuras, pero es que yo soy del bosque, ya te lo dije desde el principio, y tú de los limones del Caribe.
Venga, apunta y dispara, que cada día te pareces más a Guillermo Tell, y yo aquí todo emocionadito con el corazón en una manzana.
Déjame escapar a cambio de un rescate: Siempre mantendré silencio acerca del sabor de tu boca.

Looping Real

He estado toda la mañana volando, haciendo loopings, ascensos descensos, monadas a babor y monadas a estribor. Me crucé ayer con todas las nubes que estaban ociosas y también con las enfadadas que se disponían a soltar tormentas. Hoy a ratos he estado encarando al sol con el pico más ganchudo que nunca y dejando que revelara mis ojos como linternas.

He seguido errático en un aire que empieza a estar cansado de regalarme oxígeno por la cara.

No vi nada. O, mejor dicho, no he visto lo que tenía que ver.

Hace tiempo que dejé de ser colibrí, para convertirme en un híbrido, no sé muy bien si soy un águila, un buitre o un vulgar tordo. Que alguien resucite a los darwines que por el mundo han pululado asignando un lugar para cada especie y una razón de ser para existir para cada uno.

Sigo sin ver nada. O, mejor dicho, no veo lo que tengo que ver.

Vuelvo a elevarme en un vuelo que espero sea el último, me tiene agotado este aleteo porque sí. Me tiro en picado, como estoy ciego supongo que me dará igual si choco contra una piedra o una margarita.

He caído sobre un campo de espigas. ¿Y ahora qué hago, si he descubierto que soy carnívoro?

¡Una de MIMMA!

Me ponga una de MIMMA, por favor, pidió Leonarda como el que pide una caña al camarero.
Y sus deseos fueron concedidos.
Apareció un Genio de la lámpara o de la vela (se desconocen sus auténticos orígenes), como en todos los cuentos, y se la llevó al MIMMA. ¡Hombre!, a lo mejor el Genio hubiera preferido llevársela al huerto, pero este año las lechugas están escasas, por no decir que el Genio llevaba a sus espaldas toda una excursión de patitas siguiendo a papá pato, así que las posibilidades eran limitadas.
Tras muchos besos, sonrisas y presentaciones, se dirigieron en manada, digo en patada, al vientre del parking, para quedarse primero contemplando un escueto altar mexicano a los muertos, que los muertos perdonen al artista, algo decepcionados y sospechando que lo del MIMMA lo mismo consistía en una pandereta, una guitarra y una cabra y yastá,decidieron seguir el programa preestablecido, que para eso se preestablecen.
Pero no, la manada se dirigió en patada hacia los intestinos musicales descubriendo un sinnúmero de objetos, ovejetos, masjetos y entresijetos musicales.
No es que los visitantes fueran expertos en música, como mucho habían oído alguna vez lo de micarromelorrobaron y conocían la existencia del arpa tras haber sido visitados por sus correspondientes ángeles. Pero a medida que se iban adentrando en las musicalidades del MIMMA, sus bocas iban adquiriendo un tamaño cada vez más desproporcionado por el asombro ante la infinidad de tan variados y bien conservados instrumentos musicales de miles de lugares y épocas.
En un momento dado, mientras todos estaban distraídos tocando sonajas, pianos, xilófonos de madera, y otras gaitas, Leonarda vio una pluma en el suelo. ¡Coño, si parece una pluma de avestruz!, se dijo para si misma, porque si lo hubiera dicho en voz alta no habría dicho el taco, que sus padres se habían gastado mucho dinero en educarla como una niña bien y no era cuestión de decepcionarlos.
Pero su descubrimiento trascendió a toda la patada, todas las patitas y papá pato empezaron a correr, reírse y gritar desaforados, como en un jolgorio de feria o en una vulgar despedida de solteros y solteras mal avenidos, cuando vieron corriendo con sus alas y sus pestañas al viento al susodicho avestruz, dando zancadas entre clarinetes, fagots, clavicordios y sirtakis.
Por megafonía se oyó algo así como “Se ruegan mantengan silencio, por favor, aquí los protagonistas son los instrumentos musicales”, pero el avestruz no se dio por aludido.

Menos mal que apareció El Muchacho y puso calma.

El Muchacho, un clásico donde los haya, con su sonrisa de muchos dientes y sus ojos azules de yo he sido fantástico y te voy a conquistar a tu pesar, le fue contando sus batallitas al avestruz hasta dejarlo agotado, exhausto y agonizante.
Se sabe que el avestruz se refugió en un convento de frailes benedictinos y le da al Benedictine con frecuencia, valga la redundancia, mientras toca dulcemente un tamtam con su pata derecha y recuerda con melancolía sus andanzas por el MIMMA, antes de la era Leonarda.

Véase la pluma del ave:

http://www.musicaenaccion.com/mim/Inicio.html

Voz de domingo

Hago la foto del bodegón de las otras gafas en la mesa de terraza de este lugar que tanto me gusta. Veo que he optado por fotos de bodegones de gafas en cafeterías.

Llevo un buen rato leyendo arropada por una temperatura suave y amable, temperatura permisiva de otoño tímido. Esta terraza es un placer, la música tan bien elegida da juego a las gaviotas, que se quedan lejos sobre las cúpulas de merengue y los mástiles de los barcos. Las palomas son más osadas y nos abanican ondulándose sobre nuestras cabezas, hacen una corona picassiana alrededor de mis rizos. Yo sigo leyendo, haciendo como que las ignoro para que se acerquen y me hagan sonreír, me quedo quieta para percibir todo lo que me rodea, sólo cambio de postura cuando se me duerme alguna mano o me adormilo yo.

El chorrito de la fuente, sonido de fuente árabe, discreto, contínuo, hipnotizador como la visión del fuego en una chimenea. Y el sonido de las voces de muchos mundos, de muchas lenguas, de muchos modos de ser y de pensar. Voces de domingo.

La asusencia de sonido de los camareros,que pasan revoloteando vestidos de negro, veloces y atentos a todo con los ojos a media asta, suena algún plato o algún vaso, pero ellos no suenan en su eficacia.

Varias personas se sientan a mi espalda, yo sigo leyendo y escribiendo a ratos.

Y oigo tu voz al lado derecho de mi cabeza que centra toda mi atención.

No sé quién eres ni cómo eres, sólo sé que eres padre, marido y abuelo, porque distingo cuatro voces, dos hombres, uno de ellos eres tú, y dos mujeres, una de ellas tu hija, madre y esposa del otro que apenas habla, por lo que decís lleva en brazos un bebé, toda la historia surge del sonido de vuestras voces, dos protagonistas, tu hija y tú, y dos personajes secundarios que apenas intervienen y se supone que son tu mujer, la madre de tu hija, la abuela de tu nieto, y el yerno, el marido de tu hija, el padre de tu nieto.

El tema principal de esta escena de teatro terracil es el bebé que lloriquea educadamente, aunque el absoluto protagonista es tu voz, que dialoga con la voz culta, fuerte-delicada y pija de tu hija. La tuya lo domina todo, impide que yo lea, aunque siga de espaldas y aparente indiferencia. Percibo que tus mensajes llevan la intención de que yo te escuche, hace años que me he acostumbrado a distinguir las inflexiones de las voces, y tu voz desea impresionarme, es grave, potente y amable.

No me ves pero me han entrado unas ganas brutales de irme contigo a cualquier parte de cualquier sitio de nosedónde a nosequé. Como sigas hablando te voy a arrastrar hasta allá para apagarte esa voz que me conmueve.

Palpitaciones.

Salvada por la campana, se ha hecho tarde y habláis de que hay que irse a comer, siento el leve tono de decepción de tu voz porque no vas a poder seguir deleitándome con ella, haciendo que penetre en mi oído.

Vuestros sonidos mezclados con los del bebé se van apagando suavemente.

Y yo vuelvo a sonreír a las palomas.