La Niña el Mar Muerto

 

Mari Luz se levanta a veces como la proa de un barco cabeceando hacia el sol de levante. Se desliza descalza, navegando sobre las losas del pasillo, hasta el espejo del baño. Se reconoce, siiiii, claro que se reconoce, se ve con los ojos miopes y se adivina tan borrosa como es realmente todos los días, antes de poner en marcha el despertador interno.

Hoy ha entablado una conversación de gestos muy especial con el espejo. Se ríe al mirarse desgreñada, se va lavando los dientes como puede, porque casi se ahoga con la mezcla de la risa y la pasta burbujeando en esa boca de león mañanero. Cada vez que se acuerda del piropo que él le dijo ayer, se monda. A ratos se le escapan lágrimas de felicidad al imaginarse la escena, como cuando una Miss recibe su corona en el escenario.

– Anda niña, que eres mu salá- le dijo Paco a la oreja – más salá que el Mar Muerto.

Ella estalló en un río de carcajadas y se imaginó a sí misma con varias peinetas, bata de cola y tacones rompiendo un tablao.

– Sí, soy La Niña el Mar Muerto- respondió con tono agridulce- y voy a cantar por peteneras todos los amaneceres.

Por un momento se le vinieron las tristezas de muchos años a ensombrecer su garganta. Pero no le duró mucho, y recuperó la voz de ocarina tierna, porque se imaginó flotando en las aguas del Mar Muerto, más densas que ella, con más sal que su estatua. Iba como en un flotador, girando divertida, chapoteando con pies y manos, sin prisas.

Y se sintió flotando sobre un mar de mariposas.

 

me_laciter Me Lacíter

4 comentarios sobre “La Niña el Mar Muerto

  1. Como si hubiera estado allí. Soñé, viví y vi flotar, en ese mar de sal, como una de esas flores, que lucen en los estanques orientales, loto multicolor, observada por gheisas, que reían tímidamente, a la vez que celosas, percibían que su belleza, no superaba a la balanceante, sinuosa, y de ritmo insinuante, flor que, entre la sal exterior y su propia sal, aun mejor, reía en plena libertad, ante las cada vez, mas temerosas, ceñidas de cuerpo y palidas, pléyade de supuestas bellezas, que no soportarian ver, como esa “niña del Mar Muerto, había llegado, para sorprenderlas, superarlas y hasta competir, con tan riguroso y duro aprendizaje seductor. Sin que esa flor: “niña, madurada en sal”, se apercibia mucho mas atractiva y seductora, envuelta sólo en un leve tul, de blanco escarcha, que relucía, con toda libertad, entre risas, y placenteras palabras, impregnadas de su propia sal. No ya Marina, sino de alma. Entonando ese himno, cual dulce panal atrajo a los seductores, ante la mirada languida y cabizbaja, de las gheisas, que acallaron, sus voces y sus instrumentos, envueltas en un torbellino de confusiones. Por ese esplendor repleto de invocaciones a no se sabe que ni quien, la dio, tanto, para que uno de ellos la reconociera, como salida de una Vida tan nueva, de donde no existia más que un mar al que llaman Muerto.
    La niña que a ese Mar Muerto dio Vida. Pero a su Amor, tanta Vida dio, que el la siguio, llamandola como la conocio, con su tul de blanco nacar, y su sonrisa de plata blanca, y asi quedó eterno, un Amor que de sal lleno quedó:
    La Niña del Mar Muerto.

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