¡Una de garbanzos!

 

Cocomaru  se despertó esa mañana algo empanada, pero se tomó sus pastillitas para el cólera para despejarse y se fue a la cocina a hurtadillas con su ordenador fucsia, mientras varios seres humanos en estado de coma profundo pululaban por los dormitorios de su casa, víctimas de un pacharán malévolo de delicatessen de autor.
Allí miró con ternura la foto de un Miguelón desalmado. Desalmado porque se había quedado vacío de alma, había sucumbido a otra alma torturada que vampirizaba la de quienes se aproximaban demasiado a ella.
“Ánima torturada busca incautos para chuparles las energías y vaciarles los sesos”, parecía que hubiera respondido a algún anuncio así en cualquier sección de contactos anímicos.
Así que Cocomaru le preparó uno de esos calditos de Meiga, hecho con cariño y muchos conjuros, con ojos de salamandra de Los Alpes, diente de funcionario de la seguridad social, tela de araña verde esmeralda y suspiros de almas torturadas haciendo yoga.
Fue milagroso, oyes tú, como te lo cuento.
Miguelón se enderezó como cuando La Masa se disponía a conquistar el mundo, después de haberse rebozado con las croquetas, y al mirar por la ventana se dio cuenta de que ya había salido el sol.
Un sol dulce y amable que también estaba mirando Cocomaru, sonriendo, mientras jugaba a los chinos con garbanzos de varias razas para recuperar una risa que todo lo sanaba.
Un garbanzo negro y uno de plata retaron a un garbanzo lechoso a ir a la playa, y a él se le subieron las maracas.
“Sana sana culito de rana…, Cocomaru te envía un besito de hierbabuena”, y el contagio de almas torturadas, se deshizo por su poca consistencia, como los hechizos de vidente de televisión.

Nada te enoje.

Sopla el viento.

Huele a cocido.

Kukuphatopoicos

Kukuphatopoicos tiende la ropa amorosamente en la terraza al final de la tarde, en medio de ese silencio que despide a los pajarillos para saludar a los murciélagos. Ha estado en el campo recogiendo un ramillete de pulsatillas y la paz hace ondular sus orejas.

De repente se oye el anuncio de lo que será un estruendo, no está claro si es una tormenta o un terremoto, pero el suelo no vibra. Vibra el corazoncillo de Kukuphatopoicos por la taquicardia que le produce la plenitud de ese sonido que parece el de algún misil en campo de batalla, pero tampoco hay ecos de tiros de respuesta. Algo ha atravesado la barrera del sonido y se rompe el cuello mirando a todas partes.

Mientras se sujeta la cabeza con las dos manos, ve por fin un triángulo que se parece a los mirlos que hay alrededor, pero de pronto se convierte en un avión-tenedor con el mango apuntado hacia una caída en picado.

Kuku siente vértigo y casi llora pensando en sus pulsatillas. Aunque a veces ha soñado en montar en una bici supersónica, pero sin vuelo, que eso da mucho susto.

El tenedor-avión hace un loop y remonta dejándolo todo sordo con un sonido que no se sabe si va persiguiendo al avión o huye de él.

A Kuku se le ha caído definitivamente la cabeza, y es una pena, porque es un factor vital para poder tender la ropa.

Los calcetines se resecan retorcidos a medio camino entre las cuerdas y el suelo, y ella yace en un mar de decibelios.

Conversaciones en un autobús con aspiraciones a metro


Ella me miraba y me veía la oreja, estaba su deseo lacivo de poseer mi oreja y clara su intención de asegurarse al menos de mi capacidad de percepción auditiva, y anhelante de comprobar si mi oreja captaba sus melífluas frases y sus labilidades emocionales rememorando su encuentro con su médico. La captación por parte de mi cerebro, sin embargo, tenía órdenes precisas de filtrado y distribución de la información de forma suficiente para producirme en la cabeza un movimiento como el de los perritos de adorno de los coches, en una afirmación perenne y estirando ambos labios (los de la cara) de forma increíblemente elástica enseñando una dentadura ofensiva en su perfección, así que en mi ausencia no me dí cuenta de que ella ya había pasado a enumerarme las endodoncias, peridoncias, y otras transfixxiones perpetradas por su dentista en su boca y en su espíritu. La señora era amable, he de reconocerlo, mi amabiliadad siempre ha dejado mucho que desear, la señora tenía verdaderos deseos de comunicación, los míos estaban más próximos al del ermitaño. Pero soporté con sonsrisa estoica cuando me dio caramelos para mis niños (aún no estaba yo muy segura de si tengo hijos) y me dijo que mi marido debería sentirse afortunado por tener una esposa como yo (posiblemente el proceso de pensamiento de mi exmarido pertenezca a otra escuela). Me dirigió una profunda mirada de gallina maternal protectora (pensé: “otra”) y vaticinó que mi futuro sería muy productivo, dada mi gran capacidad creativa, su ceguera mental le impidió ver el caos. De cualquier forma le devolví sonrisa de escuela de monjas de las de antes. Por suerte estaba en Madrid, podía elegir por igual el caos o el orden. A mi lado tenía el ministerio de Agricultura con esas impresionantes estatuas en la parte superior amenazando con llevarme en sus carros a no sé qué otros tiempos igual de ilógicos. Y por lógica también, en los metroautobuses las conversaciones unilaterales no duran más de cien años. Luego eché de menos el soniquete zumbón de su voz en mi oreja, era un símbolo de orden en un mar revuelto de sonidos con menos vocación de mutismo que la mía.

Hice mutis por el foro,

o a lo mejor muté a óleo flamenco para colgarme en las paredes de algún museo de alguna Baronesa, que es que a veces pierdo las memorias.