Le soleil ligón

Había viento de sureste suave y el sol no quería ponerse todavía, bueno, en realidad estaba puesto allí en lo alto, pero no quería esconderse. Le gustaba ver pasear por la dársena de levante a toda esa gente con ganas de hablarle. Porque todo hay que decirlo, el sol se sentía un poco solito haciendo de calefactor e inductor e la fotosíntesis. Los barcos cabeceaban contentos, esperando que alguien los pilotara para irse de paseo a ver delfines, era el día propio.

El sol vio un yate de dos palos y 12 metros de eslora, precioso, con una bandera francesa ondeando nueva, y la cubierta recién fregada. Siempre se había dejado seducir por la pronunciación de su nombre con ese glamour, “soleil”. Bajó a cuchichear con el yate, para hacerle proposiciones deshonestas. Aprovechando que el capitán se había ido a tomar unas birras por el puerto, le soleil estuvo rondando al yate cantándole canciones de tuna y recitándole hermosas poesías de esas que la gente le dice a la luna cuando va algo pasada de rosca.

En un descuido, el sol o le soleil, como prefiráis, se acercó tanto, que prendió el velamen y aquello comenzó a arder y la lió parda, como cuando entró en la fábrica de Vulcano para competir.

Llegron bomberos diligentes y con ese subidón de adrenalina que produce una de sus intervenciones, apagaron el fuego y de paso ducharon al sol, que ya olía mal de todo el día por ahí sudando.

Todo se quedó negro un rato, el sol se quitó el disfraz de soleil y se pujo su pijama de estrellas. Y la gente, ignorándole, siguió paseando y dándose al jolgorio por la dársena de levante.

 

 

Heliopondrio el Contemplativo

Gallos, poesía y monumentos

Los gallos del Parque La Paloma han perdido la color.
Toda Benalmádena suspira con sus cuitas.

(Saca un pañuelo y si eres diabético no sigas leyendo, que hoy he puesto todo el azúcar en el asador).
Tristes y compungidos, pasean los gallos parque arriba parque abajo, salen a pasear por los alrededores sin darse cuenta de que el mundo ha cambiado. Abstraídos, no ven que los coches han formado caravana para dejarles que crucen la carretera como pedro por su casa. Avanzan con parsimonia, una pata, luego el cuello, la cabeza, se quedan en suspenso unas décimas de segundo con el ojo amarillo enfocado al aire, trasladan la cola como un elemento independiente, avanzan luego la otra pata y vuelven a empezar. Hacen ondear su cresta pensativos. Se cruzan entre sí sin mirarse, como almas en pena, como poetas que son.
Erráticos por el parque, se preguntan si existirá el mundo más allá de la barrera de cactus. Y van dejando caer sus plumas como cuando un castaño regala sus hojas al suelo a modo de abrigo de visón, a modo de chantaje emocional para que albergue sus raíces. Ellos simplemente desearían dejar su pluma grabada en granito, aunque se fastidie el granito, ya se encargarán de erosionar sus egos los vientos del futuro.
(Aypordiosquépena, rasgueo de guitarra, por favor)
Las plumas de los gallos se quedan quietecitas ahí, en el suelo, que es autista. Y a veces se dejan mecer un poco por el viento, como los poemas, como las poesías, como las barbas de los poetas y las melenas de las poetisas en su anhelo de ser leídos. Esperan caer arrebatadas en brazos de la emoción, brillan apasionadas.
Las gallinas se han quedado pálidas, casi blancas, están demasiado concentradas en el huevo fresco. Su poesía es de otro color, no es poesía de crestas barrocas.
Pero quiero contaros un suceso curioso, extraño.  Han desafiado al bosque de cactus y acaban de encontrar a su musa. Ya no se sienten abandonados. Se confabulan los gallos y descubren el asombro del mundo, el por qué de su existencia, el tótem de su esencia: El monumento homenaje a la poesía, o a los poetas, porque ya no se sabe si es monumento, conjunto escultórico, escultura, el rincón de los cuentos de los niños, el banco de las lamentaciones, o una obra de ingeniería con las instrucciones en poema de cómo utilizar un smartphone con los dedos gordos. Que el vulgo distorsiona mucho los hechos primigenios y también Quevedo era poeta.
Ven un árbol férreo, que en vez de bellotas da libros, que en vez de hojas de clorofila tiene hojas con tinta, se desconoce si de sepia o sintética, y ven gente a sus pies, seres humanos, mayores y pequeños, que se sientan a la sombra del libro-árbol y se cuentan cuentos, se reúnen a hablar de otros árboles, de otros libros y de otros poetas. Se sientan en sus raíces pétreas  y sueñan con sentirse más firmes.
Antes de regresar henchidos al gallinero, sacando más pecho que los pavos reales, van saltando entre las ramas aceradas del árbol-libro, sueltan plumas para que los que pululan por abajo escriban sobre la poesía de la pluma del gallo, hacen pequeños vuelos sin motor  y mueven el mundo dormido de las ocho de la tarde.
El árbol se ríe con dientes de libro.

Foto: Monumento al Libro, Juan Carlos de Clares, Benalmádena, Parque de La Paloma
Artículo publicado en la revista digital Aforo Libre