annabergite

Annabergite

 

Anoche soñé que mi madre tocaba la flauta travesera en un concierto. Y luego que mi supuesto novio-que-no-lo-es me regalaba un anillo de annabergite (véase la foto).

No es por nada, pero esto me hace sospechar que están confabulando para algo grandioso.

La relación entre mi novio supuesto y mi madre travesera siempre ha sido azarosa, mendicante, trapacera e inextricable. Pero, como siempre han tenido esa noble actitud de salvar mi vida por todos los medios, incluso por encima de mi cadáver, pues al final se avienen a un entendimiento que supera todos los diccionarios que yo tengo.

Verán ustedes, no es que yo me sienta ninguneada, no, más bien es que necesito una brújula torticera que me permita salir airosa de mí misma entre ellos dos.

A veces me hago la sorda. A veces me hago la ciega. Incluso he llegado a gritar una noche entera para quedarme afónica y no tener que expresar mis opiniones en voz alta a la mañana siguiente. Pero ellos se incrustan en mi paisaje como mi mascota cuando quiere paseo.

Hombre, la idea de que mi novio sea capaz de regalarme algo tan hermoso ha suavizado la percepción interna que tengo de él y que jamás le cuento, porque mi deseo es casarme para poder atravesarme en la alfombra de la entrada de su casa y así parecerme más a mi-madre-que-no-es-mi-suegra.

Foto: Annabergite:  mineralografía mindat.org https://www.mindat.org/min-240.html

doslenguas

Verde. Te miro.
Amarillo. Te peino las canas.
Rojo. Me río en tu nariz.
Gris. Te hago una ola de besos.
Naranja. Me como tus macarrones.
Violeta. Te robo palabras y te encierro en ellas.
Oro. Me pestañeas.
Plata. Te río por las comisuras.
Azul. Me haces el calamar.
Negro. Te desfleco el alma.

El lento calentamiento cojoncial

– Ese no es tu hombre biológico – le dijo un amigo, secándole las lágrimas con paciencia.
Marisa puso cara de niño gateando, con tijeras en ristre, que descubre un enchufe en el que encajan las dos puntas.
– ¿Y qué es el hombre biológico? – preguntó, temiéndose la respuesta.
–  El que te levanta las hormonas.
– Aaaah – …es que no se le ocurrió ningún comentario más inteligente.
Está claro, la culpa la tiene la pituitaria. La nariz. El olfato. El que conecta con el estado cerebral “taxi disponible”.
Su hombre biológico probablemente era más de retina,  de lo visual, del ojo abyecto… más de grafismos y audiovisuales. Pero a ella le gustaba desmarcarse para dar la lata y era algo cansina. De serie.
– Ya está, aquí no huele a feromonas y no hay remedio, ¿es eso? – dijo ella.
Y su consejero espiritual, con olor a arroz blanco cocido y yoga del puro, asintió con la cabeza.
– Vaya. Por eso encajo con Cristóbal y no con Alfredo, con Fernando y no con Luis, con Miguel y no con Ángel, ¿no?
– ¡Paaaaaara, mooozaaa!, ¿a dónde vas?, no hay tantos hombres biológicos.
– ¿Ah, no? – dijo la aprendiza, con cara de comprender que meter las tijeras en el enchufe quema – Vale, si tú lo dices, te creo, pero lo que yo pienso no siempre es lo que creo.
– Nena, Ernesto te la está pegando, y a tí te encandila porque su cerebro privilegiado le ha llevado a ser el presidente de la Liga de Antifaces de Cartón Couché. Ya lo dijo Mr. Wilde, llamarse Ernesto es fundamental en esta vida.
– Aaaah – insistió Marisa con su comentario literario de alto standing.- pero me estoy liando, ¿no íbamos a tomarnos unas cervezas para hablar sobre  el futuro del tantra occidental?
– No, corazón, tú sabes perfectamente que el aroma del lúpulo te puede desorientar.

Foto:Mandrágora: http://www.mind-surf.net/drogas/mandragora.htm

Tóxico Benigno

¡Ay, guapa!
No hace falta que coma setas alucinógenas, si cada vez que apareces me salen palabras, palabros, requiebros y floripondios, como a la luz de la luna pero sin cerveza. Siempre fui un poeta de feria y el lirismo me inunda a ratos, como las norias. Entras en mi burbuja y el alma se me sube a la parra sin necesidad de vinos olorosos, las uvas son sólo para ver cómo te las comes.
No me importa que me intoxiques de esa forma tan benigna que transporta luces a mis oscuridades.
No te confundas, nena, no estoy enamorado de ti, estoy enamorado de mí en este estado que me produces con que simplemente muevas un dedo. Y como eres perversa y de naturaleza opaca, no siempre me dejas adivinar lo que escondes debajo de tus cejas.
Te recitaría poesías, pero me da mucha risa, así que empieza tú primero.
Mejor será que me vaya a volar como las abejas de flor en flor, aunque creo que no volveré a libar otro tóxico igual. O a lo mejor es más útil si me transformo en vampiro primaveral y voy a chuparte la sangre de ninfa de los infiernos.

Mordisqueable

¡Me encantas!, dijo ella.
Y la galleta estuvo a punto de ablandarse. Pero resistió estoicamente con ojitos tiernos, con esos agujeritos hechos con amor y cariño en una base de sémola de trigo duro de alguna casa no pizzeril.
Las galletas, de todos es conocido, se nutren de leche de ubre ágil o paciente, según la época del año.
¡Me encantas!, eres mordisqueable, volvió a decir ella por enésima vez, dispuesta a hacerle una rinoplastia de un mordisco.
La galleta sintió el miedo profundo que uno siente ante los monstruos peludos.
Pero muy consciente de haber sido creada para fines de se sacrificio, se dejó comer.

Imagen: galletas únicas

Cambio edredón por manta

 

– Te cambio mi edredón de plumas de ganso nórdico por lo manta que tú eres, Salvador.
– Mullidámonos María, que los torpes, mullidos, son menos mantas.
– Me has contagiado tu torpeza encantadora y he abandonado mi yuppydez. Creo que voy a tener que perdonarte que no sirvas para mucho, guapo. Con que estés ahí con tu felicidad inmaculada, me conformo.
– Eres más mala que la sarna, como no reprimas tus comentarios ninguneándome te vas a enterar de lo que vale un peine, monada. Hace tiempo que sé que para tí vivir sin mí sería un calvario infinito. Te voy a lavar la boca con jabón para que se te queme la lengua.
– Mejor me besas y así ya me quemas tú directamente.
– Bueno, no me despistes, a lo que íbamos. Ya está hecho. He seguido tus instrucciones al pie de la letra. He saboteado la reunión de la comunidad de vecinos, estaba inspirado y se han vuelto locos con mis preguntas contradictorias. Creo que al final han firmado todos agotados, para que yo no siguiera dándoles la paliza. Estarás contenta. Han reconocido la libertad de expresión, de posesión y de indiscreción: Podrás seguir bajando a bañarte en pelotas a la piscina en las noches de verano.
– Eres un sol.
– Sí, pero el grifo de la cocina te lo arregla el fontanero, maja.
– Mullidámonos.

[Dedicado a Blogger Blues http://blogjoeandres.blogspot.com/ ]

Pinto tus raíces

Veo un árbol en tí. Y, para poder subirme a él, lo voy pintando sobre tu piel tiernecita. Y voy colocando hojas verdes y frutas en tu cara y en tus manos, mientras te da una risa contagiosa que me distrae. Pero me pongo muy seria y sigo haciendo líneas marrones en tu cuerpo, el tronco del árbol y las ramas, en tu pecho, en tus brazos, una manzana en tu frente y una ciruela en tu mentón. Un tronco recio y unas ramas retorcidas. Te miro y te veo fuerte para sostenerme cuando trepe.
Y, desoyendo tus gemidos, comienzo a pintar tus raíces. En las piernas largas y profundas, bien agarradas a la tierra. Pinto un gusanito en el dedo gordo de tu pie izquierdo sólo para desesperarte, tomarte el pelo y oírte de nuevo reír. Y subo a pintarte una raíz gorda en tu raíz. Una raíz gruesa como una vena insufrible rodeando, surcando, perfilando y avanzando por ese soporte carnoso que te sale despistado, con voluntad propia, de esa especie de barba entrecana.
De repente me da una lujuria en colores y se me caen los pinceles. Hundo los dedos en los tarros de pintura y te lo emborrono todo con naranjas, amarillos y rojos, como en un amanecer en el que todo tiene mucha vida, todo se levanta, hasta los pajaritos se levantan y ya no puedo aguantar la risa.
Así que hundo mi lengua en mermelada de fresa y la uso para pintarte una cereza alrededor de la boca, rodeando ese labio rojo que se te ha quedado caído, belfo.
Meto mi nariz en mostaza y pinto dos solecitos infantiles en tus pezoncillos, mientras empiezas a mirarme con cara de sátiro del bosque.
Y sin pensarlo seis veces, me enclavo en tu raíz. Esa que me apunta acusadora, mirándome con su único ojo y pidiendo misericordia.
Y dejo que seas tú el que me pinte por dentro. El que me llene de un alba inmaculada, de lunas blancas, y de lava de infierno.

[xrisstinah. Diciembre 2003. Primeras Piedras. Narradores.es]

Currycanela

Es que me hace mucha gracia cuando te veo con la barba de 3 días y ese delantal de faralaes, con volantes a lunares rojos y blancos, haciendo potingues en la cocina. Me apoyo en el quicio de la puerta, medio escondida detrás del mueble de la nevera, y te veo faenar como un marinero en medio de purés y caldos. Pero más encanto te encuentro cuando te da por el currycanela. Tú vas envolviendo el pollo en aromas hindúes y yo voy mordisqueando tus carnecillas de pollo tierno.
Nos falta un hervor.
Hueles rico, no sé si comerme el plato que estás preparando, porque me gustas más tú y luego no me quedaría sitio.
Se te ha caído una cuchara pringosa al suelo y al agacharte a recogerla se te ve el culete regordoncho como tus mofletes y me da más risa aún.
No cantes, por favor, lo de cantar cocinando se te da peor que cuando haces coros con la radio mientras te duchas. Es perjudicial para la salud de los que te adoramos.
Vuelvo a mordisquearte la espalda entre las paletillas y me amenazas con dejarme a agua y lechuga.
Nos sigue faltando un hervor.
Así que, con el olor a curry y canela elevándome entre humos y vapores, me subo al trampolín y me tiro a la olla.

>Maracas y sonajeros

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No me toques la espalda con tus pectorales, que van a mugir las vacas. No me toques el lóbulo de la oreja con la punta de tu nariz, que van a balar los corderitos. No me toques el pelo con tu barba, que me van a llevar al manicomio. Yo te toco el sonajero y tú me tocas las maracas. Los dos tocamos aires saharianos, pero no te me derritas todavía, por favor, sigue hasta que mis ojos se vuelvan a hacer de hielo.
No me mires con cara de seno ni coseno, que se me resbala la tangente. No te escondas en esa esquina de sombra de pino si no piensas raptarme para meterme debajo de él. Yo te llevo al huerto a recoger tomates y tú me llevas a la pocilga a jugar con los cerditos.
Déjame que te arrastre los dientes por tu lengua para ver si vuelve a salir esa música de suspiros cursis. Vamos a oscilar como péndulos en un campo sin gravedad. Pero déjame que respire tres veces antes de que cante el gallo.
Toma, te regalo mi mano. Mañana me la devuelves.

Engranajes

Tuesto el pan, te afeitas, exprimo las naranjas, me besas el cuello, hago café, me miras sonriendo como si no me hubieras visto nunca. Me voy. Te vas. Ignoro qué comes. No sabes si respiro. Vuelvo. Vuelves. Me pongo las zapatillas de corazoncitos de los chinos, te quedas en bañador sufriendo el semicalor, sonrío para mis adentros, me pillas sonriendo para mis adentros, te deseo en mis adentros, me pillas al vuelo el deseo de mis adentros. No suspiro, suspiras, no grito, ruges, me arqueo, planchas los hilos de los suspiros, los gritos y los rugidos que se confunden con caldos de cultivo. Yo cultivo, tú plantas. Te añoro aunque estés ahí mismo, pones tus dedos a amasar mis caracoles. Vivimos, dormimos.

La calma está engranada en el aire de los visillos.