Un sentido y cinco pieles

Marín Marais

¿Que es?, ¿qué  dice?

Oigo su voz.

Es la piel. Su piel suave.

¿A qué  huele?, ¿qué roza?

Huele a comino.

Es la piel, su piel suave.

¿Qué mastica? , ¿que chupa?

Sabe a arándanos, arándanos negros.

¿Qué  toca?, oigo un violín.

No, es un cielo.

Es la piel, su piel suave.

Veo un poro,  otro poro y otro.

Y es la piel.

Mi piel de elefante y su piel suave.

 

Gallos, poesía y monumentos

Los gallos del Parque La Paloma han perdido la color.
Toda Benalmádena suspira con sus cuitas.

(Saca un pañuelo y si eres diabético no sigas leyendo, que hoy he puesto todo el azúcar en el asador).
Tristes y compungidos, pasean los gallos parque arriba parque abajo, salen a pasear por los alrededores sin darse cuenta de que el mundo ha cambiado. Abstraídos, no ven que los coches han formado caravana para dejarles que crucen la carretera como pedro por su casa. Avanzan con parsimonia, una pata, luego el cuello, la cabeza, se quedan en suspenso unas décimas de segundo con el ojo amarillo enfocado al aire, trasladan la cola como un elemento independiente, avanzan luego la otra pata y vuelven a empezar. Hacen ondear su cresta pensativos. Se cruzan entre sí sin mirarse, como almas en pena, como poetas que son.
Erráticos por el parque, se preguntan si existirá el mundo más allá de la barrera de cactus. Y van dejando caer sus plumas como cuando un castaño regala sus hojas al suelo a modo de abrigo de visón, a modo de chantaje emocional para que albergue sus raíces. Ellos simplemente desearían dejar su pluma grabada en granito, aunque se fastidie el granito, ya se encargarán de erosionar sus egos los vientos del futuro.
(Aypordiosquépena, rasgueo de guitarra, por favor)
Las plumas de los gallos se quedan quietecitas ahí, en el suelo, que es autista. Y a veces se dejan mecer un poco por el viento, como los poemas, como las poesías, como las barbas de los poetas y las melenas de las poetisas en su anhelo de ser leídos. Esperan caer arrebatadas en brazos de la emoción, brillan apasionadas.
Las gallinas se han quedado pálidas, casi blancas, están demasiado concentradas en el huevo fresco. Su poesía es de otro color, no es poesía de crestas barrocas.
Pero quiero contaros un suceso curioso, extraño.  Han desafiado al bosque de cactus y acaban de encontrar a su musa. Ya no se sienten abandonados. Se confabulan los gallos y descubren el asombro del mundo, el por qué de su existencia, el tótem de su esencia: El monumento homenaje a la poesía, o a los poetas, porque ya no se sabe si es monumento, conjunto escultórico, escultura, el rincón de los cuentos de los niños, el banco de las lamentaciones, o una obra de ingeniería con las instrucciones en poema de cómo utilizar un smartphone con los dedos gordos. Que el vulgo distorsiona mucho los hechos primigenios y también Quevedo era poeta.
Ven un árbol férreo, que en vez de bellotas da libros, que en vez de hojas de clorofila tiene hojas con tinta, se desconoce si de sepia o sintética, y ven gente a sus pies, seres humanos, mayores y pequeños, que se sientan a la sombra del libro-árbol y se cuentan cuentos, se reúnen a hablar de otros árboles, de otros libros y de otros poetas. Se sientan en sus raíces pétreas  y sueñan con sentirse más firmes.
Antes de regresar henchidos al gallinero, sacando más pecho que los pavos reales, van saltando entre las ramas aceradas del árbol-libro, sueltan plumas para que los que pululan por abajo escriban sobre la poesía de la pluma del gallo, hacen pequeños vuelos sin motor  y mueven el mundo dormido de las ocho de la tarde.
El árbol se ríe con dientes de libro.

Foto: Monumento al Libro, Juan Carlos de Clares, Benalmádena, Parque de La Paloma
Artículo publicado en la revista digital Aforo Libre

 

Achtung! Mujer parapetada!

Érase una mujer parapetada.
Esto era una mujer Queveda a una metralleta de letras pegada.
Érase una mujer con el dedo en la anilla de la granada.
Esto era una que se armó con un arsenal de eficiencia laboral.
Érase una inquilina de un tanque de renta antigua.
Esto era una mujer de sonrisa acartonada comefugitivos.
Érase una mujer gallina clueca cuidadora de pollos ya muy creciditos.
Esto era una auténtica mujer-soldado-gallina.

Y para colmo sin casco.

Foto mujer-soldado

Cambio edredón por manta

 

– Te cambio mi edredón de plumas de ganso nórdico por lo manta que tú eres, Salvador.
– Mullidámonos María, que los torpes, mullidos, son menos mantas.
– Me has contagiado tu torpeza encantadora y he abandonado mi yuppydez. Creo que voy a tener que perdonarte que no sirvas para mucho, guapo. Con que estés ahí con tu felicidad inmaculada, me conformo.
– Eres más mala que la sarna, como no reprimas tus comentarios ninguneándome te vas a enterar de lo que vale un peine, monada. Hace tiempo que sé que para tí vivir sin mí sería un calvario infinito. Te voy a lavar la boca con jabón para que se te queme la lengua.
– Mejor me besas y así ya me quemas tú directamente.
– Bueno, no me despistes, a lo que íbamos. Ya está hecho. He seguido tus instrucciones al pie de la letra. He saboteado la reunión de la comunidad de vecinos, estaba inspirado y se han vuelto locos con mis preguntas contradictorias. Creo que al final han firmado todos agotados, para que yo no siguiera dándoles la paliza. Estarás contenta. Han reconocido la libertad de expresión, de posesión y de indiscreción: Podrás seguir bajando a bañarte en pelotas a la piscina en las noches de verano.
– Eres un sol.
– Sí, pero el grifo de la cocina te lo arregla el fontanero, maja.
– Mullidámonos.

[Dedicado a Blogger Blues http://blogjoeandres.blogspot.com/ ]

Pinto tus raíces

Veo un árbol en tí. Y, para poder subirme a él, lo voy pintando sobre tu piel tiernecita. Y voy colocando hojas verdes y frutas en tu cara y en tus manos, mientras te da una risa contagiosa que me distrae. Pero me pongo muy seria y sigo haciendo líneas marrones en tu cuerpo, el tronco del árbol y las ramas, en tu pecho, en tus brazos, una manzana en tu frente y una ciruela en tu mentón. Un tronco recio y unas ramas retorcidas. Te miro y te veo fuerte para sostenerme cuando trepe.
Y, desoyendo tus gemidos, comienzo a pintar tus raíces. En las piernas largas y profundas, bien agarradas a la tierra. Pinto un gusanito en el dedo gordo de tu pie izquierdo sólo para desesperarte, tomarte el pelo y oírte de nuevo reír. Y subo a pintarte una raíz gorda en tu raíz. Una raíz gruesa como una vena insufrible rodeando, surcando, perfilando y avanzando por ese soporte carnoso que te sale despistado, con voluntad propia, de esa especie de barba entrecana.
De repente me da una lujuria en colores y se me caen los pinceles. Hundo los dedos en los tarros de pintura y te lo emborrono todo con naranjas, amarillos y rojos, como en un amanecer en el que todo tiene mucha vida, todo se levanta, hasta los pajaritos se levantan y ya no puedo aguantar la risa.
Así que hundo mi lengua en mermelada de fresa y la uso para pintarte una cereza alrededor de la boca, rodeando ese labio rojo que se te ha quedado caído, belfo.
Meto mi nariz en mostaza y pinto dos solecitos infantiles en tus pezoncillos, mientras empiezas a mirarme con cara de sátiro del bosque.
Y sin pensarlo seis veces, me enclavo en tu raíz. Esa que me apunta acusadora, mirándome con su único ojo y pidiendo misericordia.
Y dejo que seas tú el que me pinte por dentro. El que me llene de un alba inmaculada, de lunas blancas, y de lava de infierno.

[xrisstinah. Diciembre 2003. Primeras Piedras. Narradores.es]

Engranajes

Tuesto el pan, te afeitas, exprimo las naranjas, me besas el cuello, hago café, me miras sonriendo como si no me hubieras visto nunca. Me voy. Te vas. Ignoro qué comes. No sabes si respiro. Vuelvo. Vuelves. Me pongo las zapatillas de corazoncitos de los chinos, te quedas en bañador sufriendo el semicalor, sonrío para mis adentros, me pillas sonriendo para mis adentros, te deseo en mis adentros, me pillas al vuelo el deseo de mis adentros. No suspiro, suspiras, no grito, ruges, me arqueo, planchas los hilos de los suspiros, los gritos y los rugidos que se confunden con caldos de cultivo. Yo cultivo, tú plantas. Te añoro aunque estés ahí mismo, pones tus dedos a amasar mis caracoles. Vivimos, dormimos.

La calma está engranada en el aire de los visillos.