Engranajes

Tuesto el pan, te afeitas, exprimo las naranjas, me besas el cuello, hago café, me miras sonriendo como si no me hubieras visto nunca. Me voy. Te vas. Ignoro qué comes. No sabes si respiro. Vuelvo. Vuelves. Me pongo las zapatillas de corazoncitos de los chinos, te quedas en bañador sufriendo el semicalor, sonrío para mis adentros, me pillas sonriendo para mis adentros, te deseo en mis adentros, me pillas al vuelo el deseo de mis adentros. No suspiro, suspiras, no grito, ruges, me arqueo, planchas los hilos de los suspiros, los gritos y los rugidos que se confunden con caldos de cultivo. Yo cultivo, tú plantas. Te añoro aunque estés ahí mismo, pones tus dedos a amasar mis caracoles. Vivimos, dormimos.

La calma está engranada en el aire de los visillos.

He atravesado el negro

He atravesado el negro y el bebé parece que se mueve. He atravesado el negro y el bebé parece que respira. He atravesado el negro y el bebé, por fin, comienza a llorar.

Me miran las dos enfermeras, el enfermero, la celadora, el técnico de la ambulancia. Me miran la madre y el padre. Y, después de salir de un tiempo que no sé quién me ha robado, me los encuentro mirándome expectantes y dispuestos a ir hasta el infinito y más allá.

Como despertando de un coma, me descubro a mí misma disfrazada de médico a punto de salir de la guardia en la sala de críticos con el bebé de dos semanitas, un filetito, en mi brazo. Supongo que he debido de hacer correctamente todas las maniobras de resucitación, porque me suena a música celestial ese llanto rabioso. Supongo que todo el instrumental y la medicación que ya tenía listo el equipo va a sobrar.
Todo ha sucedido a velocidad supersónica. Supongo que es que yo he dejado de respirar por empatía con el bebé, o a lo mejor así lo hemos hecho todos y nos hemos quedado como en un vídeo en el que se le da al “pause”. Todos tienen pintada la cara de alarma y de gravedad, excepto, por suerte, los padres, ellos dentro del miedo ún tienen un atisbo de esperanza en su mirada.

Sonrío y casi lloro a la vez y me quedo un ratito el niño en mis brazos antes de devolvérselo a su madre. Es tierno, suave y huele a nenuco y a leche. Está vivo y lo va a seguir estando, así, tan frágil, pero vivo.

Logro desprenderme de él y se lo paso a los brazos de sus padres que están tan chocados que ni siquiera pueden llorar. La angustia ha sido tan fuerte que sólo pueden moverse como autómatas felices, con su bebé, que respira, se mueve, llora y ha logrado atravesar el negro.

La sala de críticos tiene un olor a desinfectante que me resulta tremendamente acogedor.