No mangar e-book

Querido Inda:

No, si yo ya lo sabía desde el principio, tú sólo me quieres por mis aparatos electrónicos y lo demás son aderezos de Don Juan de internet.
Me mosqueé bastante cuando te apoderaste de mi centro de planchado, eso de pasarte el día planchándote las camisas no iba con tu estilo primigenio, siempre me pareciste más bien del club de la greña y la legaña natural.
Me puse también muy triste cuando tus arrumacos de hombre miel se transformaron en largos silencios, tú contemplando fascinado la pantalla de mi Mac Pro con procesadores de xeon westwemere, y yo contemplándote a tí desde atrás mirando melancólica la curva de tu deltoides y recordando cuando aún bebíamos agua.
Pero lo que clama al cielo es que me hayas robado impunemente mi lector de ebooks. ¿Para qué narices lo quieres? He visto que te lo has pegado a esa barriguita tan adorable que tienes con esparadrapo, a modo de tableta de abdominales ¿no?, a lo mejor te piensas que va a producirse un trasvase cultural por osmosis barriga-ebook.
Esto raya ya la más absoluta desidia y desfachatez.
Te abandono. Ahí te quedas con mi lavadora ultrasónica de frigoríficos y mi máquina de coser.
Yo me largo con el del butano,como tiene que ser, hay que conservar las tradiciones.
Si por casualidad te das cuenta de que ya no estoy en la casa, no me mandes un email, mejor mándame un bote con tus babas, es posible que sea la única manera de redimirte.

Te quiere
Perlita Juliana

La cuidadora de cactus

Tres de picos pardos

La cuidadora de cactus, que era una cactus ella misma al fin y al cabo, llevaba una vida muy triste.
Con su hirsutismo le resultaba difícil besar sin pinchar y eso limitaba bastante su existencia. No es que no se pueda vivir sin besar, claro, todo el mundo lo sabe, pero se hace más insoportable y ella estaba decidida a cambiar su destino, su sino y a pensar en “a ver si atino”.
Así que se tomó muchas hormonas amigas de la suavidad, la melosidad y la lampiñez.
Se pasó varios años yendo a hacerse láser, bueno el láser se lo aplicaba un médico encantador que era como su psicoanalista, mientras él asesinaba los pelos de ella sin piedad, la cuidadora de cactus le contaba su vida, y él daba un toque de humor a sus comentarios pensando en la longitud de onda y la frecuencia del láser que tenía que utilizar a modo de arma del crimen piloso. Ella sonreía con todos los dientes en una posición bastante ridícula, pero sintiéndose consolada, mientras iba siendo desparasitada de su lacra.
Cuando la cuidadora, después de quedarse sin cash, por fin se quedó sin pelos, bueno sin los que son políticamente incorrectos, decidió seducir a alguien.
Esa tarea ya fue más complicada, porque no tenía muy claro qué era lo que quería, sólo sabía que no sabía nada y le invadía una peligrosa noción de lo que no quería, tan limitante como su hirsutismo.
Así que se fabricó unas bragas de fantasía.
La mayoría de las mujeres interesantes llevan bragas con encaje o blonda, pero ella decidió ir más allá: cogió unas bragas del siglo XVII de antes de hincharse como una foca en la era de las patatas fritas y los colacaos, es decir, unas bragas de cuando era persona, cosió un espumillón en la cintura y un par de bolitas de Navidad en las caderas.
Estaba monissssma monissssma de la muerte.
Además había estado yendo a clases de la danza del vientre durante un par de años, claro, de todos es conocido que más que danza del vientre en la mayoría de los casos todo queda en danza de barriga o en un hulahop de mercadillo, pero ella estaba muy concienciada con la ilusión de que el mundo iba girando a sus pies mientras ella andaba dándole unas cuantas vueltas de tuerca a su cabeza, con riesgo de asfixia inminente.
Venciendo una timidez que estaba a punto de caramelo para romperse, salió de marcha con un par de amigas tan impresentables como ella:  la una cuidadora de maíz devorador de muesli macrobiótico y la otra cuidadora de vecinas.

La policía las está buscando a las tres.
No nos han querido hacer comentarios acerca de cuál fue el delito y cuáles fueron los hechos desencadenantes y concatenantes, ya que es un asunto bajo secreto de sumario, sólo se sabe que fue hallado el cuerpo del delito y que sólo era capaz de comunicarse con símbolos de runas célticas y que estaba empanado en una especie de alucine jamás visto antes en ningún medio de comunicación.

Los cactus de la cuidadora tienen sed y están quedándose sin pinchos, están a merced de cualquier depredador desalmado.
Amigos, os incito a que vengáis a rescatarlos.

http://ligadeamigosdeloscactusabandonados.org/

¿Y mi dentadura postiza?

Lo malo de dormir con desconocidos así de forma intempestiva, todos lo sabíamos pero picamos, es que no te puedes fiar de ellos.
¿Y mi dentadura postiza?
La puse anoche en la mesilla en el vasito de agua, junto con el DIU, y ya no está.
Claro que tampoco está el indivíduo que anoche me empañaba la oreja con promesas de llevarme a la Polinesia o a Tomelloso, que es que ya no me acuerdo.
Y lo malo también es que le de por vender la dentadura y el DIU a alguna incauta, que hay muchas por ahí.
Él era alto, guapo y tenía sonrisa de quítate tú pa ponerme yo. Me invitó a un chocolate con churros y no pude resistirme. Me había puesto ayer mi chaleco de croché, el que mi hermana ha estado haciendo todo el invierno y al final me lo regaló por no tirarlo. Ella piensa que le ha quedado horroroso, pero la verdad es que alegra mis pecas y me da aire de cassual-underground-girl (lo vi el otro día en una revista).
En resumen, que entre el chaleco y los berretes del chocolate, él me encontró muy atractiva. Y después me llevó a varios lugares de tímida luz  y música de sonotone con pilas descontroladas para invitarme a espirituosidades enólicas. Es decir, me pillé un cebollón memorial.
Corramos un tupido velo sobre las escenas intermedias que no son de vuestra incumbencia. La torpeza no siempre es publicitable.
El final de este cuento de sub-princesas es que yo estoy sin dentadura y sin DIU.
No vuelvo a poner en la mesilla de noche mis bienes más preciados.
Ni vuelvo a meter la pasta dentro de la caja fuerte de detrás del cuadro de Los Girasoles de Van Gogh, porque está claro que el bellaco también se la ha llevado.
Lo que no entiendo es por qué no se ha llevado el chaleco.

No hay marmotas

A Poldos

Andaba el buey de mar peludo en promíscuo jolgorio con la marmota, cuando tuvo que venir su padre, el buey mayor, calvo él para más señas, a interrumpir sus emisiones de oxitocina. Y es que no había manera de escapar a sus habilidades de rastreo, ¡ni que fuera un perro! De todas formas, ellos se las apañaron para escaquearse y escarcearse, amorosamente, se sobreentiende. Así que unas semanas lunares después, tuvieron marmotitas y bueyecitos, que se dedicaron a disparar con tirachinas a toda la vecindad. Verán ustedes, no es que yo sea especialmente cotilla, pero es que hay cosas que no se pueden tolerar. Y aquello ya estaba rozando el castaño oscuro. Así que me dispuse a sentarme a la puerta en la silla de anea, con mi bastidor, disimulando en un bordado manido mi ansiedad por atrapar a semejantes energúmenos y darles su merecido.
Pasó primero doña Marmótez del brazo de su adorado don Buéyez y seguían tan vergonzosamente acaramelados que ni cuenta se daban de los estragos de su prole.
Antes de ejercer mis derechos de ciudadanía, yo apelé a la sabiduría del buey mayor, calvo él, como ya se sabe, para ver si podía darles algún consejo o directamente con la vara verde. Pero, aparte del pelo, había perdido memoria y autoridad y me dijo que me fuera a paseo.
No tuve más remedio que dar paso a mis más íntimos deseos de venganza y saciar mi sed de justicia, ante tanta desidia.
Me hice una paella y un abrigo de pieles, con todo el dolor de mi corazón. Pero es que si hay algo que no soporto en esta vida es tan malísima educación.

Q.E.P.D.