Mi mosca despistada

Mi mosca despistada, se quedó conmigo en el último verano y me dio pena echarla de casa.
Andaba siempre dando vueltas por mi habitación, conmigo detrás, armada con trapos y revistas, subiéndome por camas, mesas y sillas, tratando de ahuyentarla. A punto estuve de utilizar insecticida, pero temí morir yo antes y me abstuve de cometer el  insecticidio. Empecé a acostumbrarme y a mirarla con otros ojos, desconozco con cuáles de los suyos me miraba ella, pero desde luego está claro que no veía muy bien, porque se daba unos guarrazos sonoros contra los cristales, que seguro producían mucho dolor, luego se quedaba un rato atontada, pero yo no sentía que fuera ético atacarla en su estado de desventaja.
Y yo ya se lo decía cada dos por tres, “mira Maruja, si sales por el cristal que está abierto llegarás muyyyyyyy lejos, pero no vuelvas a entrar corazón, porque te vas a dar la torta otra vez”.
Pero, eso, lo dicho, empezó a darme pena, fue llegando el otoño y la dejé que se quedara haciéndome compañía, amenizando mis horas de abstracción en el ordenador y posándose en las páginas de mis libros para indicarme por dónde tenía que seguir leyendo. Yo le daba miguitas de galleta, cachitos de entrecot pulverizado, pizcas de manzana,… y así está ahora, hermosa como una mosca reina, así no hay quien salga de ningún sitio. Si ya me lo dijo mi madre, “hija mía, mejor podías cuidar así a los moscones, que se te van todos, en vez de aplastarlos de un zapatazo”.
Maruja tiene un zumbido cariñoso y sensual, se conoce ya todos lo rincones de mi casa, ha explorado los conductos del aire acondicionado y estoy segura de que habrá encontrado allí a algún inquilino polizón con el que cambiar pareceres.
Estoy pensando en incluirla en mi plan de pensión de jubilación.

Foto lazy fly

Mi mosca despistada

Mi mosca despistada, se quedó conmigo en el último verano y me dio pena echarla de casa.
Andaba siempre dando vueltas por mi habitación, conmigo detrás, armada con trapos y revistas, subiéndome por camas, mesas y sillas, tratando de ahuyentarla. A punto estuve de utilizar insecticida, pero temí morir yo antes y me abstuve de cometer el  insecticidio. Empecé a acostumbrarme y a mirarla con otros ojos, desconozco con cuáles de los suyos me miraba ella, pero desde luego está claro que no veía muy bien, porque se daba unos guarrazos sonoros contra los cristales, que seguro producían mucho dolor, luego se quedaba un rato atontada, pero yo no sentía que fuera ético atacarla en su estado de desventaja.
Y yo ya se lo decía cada dos por tres, “mira Maruja, si sales por el cristal que está abierto llegarás muyyyyyyy lejos, pero no vuelvas a entrar corazón, porque te vas a dar la torta otra vez”.
Pero, eso, lo dicho, empezó a darme pena, fue llegando el otoño y la dejé que se quedara haciéndome compañía, amenizando mis horas de abstracción en el ordenador y posándose en las páginas de mis libros para indicarme por dónde tenía que seguir leyendo. Yo le daba miguitas de galleta, cachitos de entrecot pulverizado, pizcas de manzana,… y así está ahora, hermosa como una mosca reina, así no hay quien salga de ningún sitio. Si ya me lo dijo mi madre, “hija mía, mejor podías cuidar así a los moscones, que se te van todos, en vez de aplastarlos de un zapatazo”.
Maruja tiene un zumbido cariñoso y sensual, se conoce ya todos lo rincones de mi casa, ha explorado los conductos del aire acondicionado y estoy segura de que habrá encontrado allí a algún inquilino polizón con el que cambiar pareceres.
Estoy pensando en incluirla en mi plan de pensión de jubilación.

Foto lazy fly

Curioso Bidet

Curioso invento el bidet. Ya lo dijeron muchos antes que yo. Pero lo más curioso son ciertos seres que los habitan, además de pelos y hongos en algunos casos. La jornada laboral me dejó tan exhausta que ni ganas de ducharme me quedaban. Ahí en el bidet, comencé a lavarme unos bajos fondos algo trastabillados, con ese placer distraído que producen el agua caliente y el olor de la espuma de un gel elegido con capricho. Y cuando más abstraída estaba, quedó en mis dedos algo que me hizo levantarme despavorida, con un grito. ¿Qué era eso? ¿De dónde había salido? Si parecía un alevín de pez. ¿Pero cómo había llegado ahí? Ahí, ¿eh?, ahí. Puse un filtro en el desagüe para que no se colara y aclarar si lo había soñado. Y no, no era un sueño. Era una diminuta cría de pez, con el tubo neural en transparencia y algunas huevas blanquecinas y gelatinosas adosadas. Con gran temor, lo estudié desde varios ángulos. No había duda. Era un embrión de pez, pero además parecía tener formas de tiburón. Un tiburón en ciernes. Tan blando, tan frágil y ya con la forma amenazante de un hocico devastador. ¿Qué pintaba un tiburón en mis bajos? Era imposible que fuera un aborto escapado de mi propio cuerpo. Hasta donde mi memoria me alcanzaba, yo no recordaba haber tenido ningún affaire con ningún tiburón. Uno de los del mar, se comprende, que los de la calle siempre mienten. Me quedé perturbada, confundida, anonadada y más o menos turbada. Sólo podía haber llegado a través del agua. Así que, con mucho amor, por si acaso era cría mía, al agua lo devolví. Al desagüe del wc en este caso, junto con las pegajosas huevas que lo rodeaban. Le dediqué una poesía, pero se fue nadando y ni se inmutó. Hoy lloro amargamente por haber perdido la oportunidad de mi vida de salir en televisión.

Mascotas indigentes

Hoy he alcanzado la felicidad eterna mientras contemplaba a mi mosca. Maxi, se llama Maxi. Es sólo mía, la he encerrado en el cuarto de baño, ya que se atrevió a acosarme mientras me daba el colorete, y la he hecho mía. Como es invierno, en estos momentos está sola, así que no puede llamar a sus congéneres al rescate. Siempre se ha dicho que la mosca es un ser social y es cierto.
Nos hemos mirado las dos profundamente y nos hemos frotado las patas. Durante unos breves instantes no ha sucedido nada, el tanteo del terreno siempre implica silencio y análisis detallado de por dónde pueden venir los tiros. Pero ella ha sido más inconsciente que yo y se ha movido primero, sin darse cuenta de que, después de posarse en mi nariz y ser obligada por mi mano a emigrar a la pared, no he tenido más remedio que ducharla. Lo sé, las moscas no huelen a nada perceptible para mí, pero últimamente me ha dado por duchar a todo bicho viviente que entre en mi casa. Ya os invitaré a comer algún día.
Ella se ha vuelto hacia mí mirándome algo sorprendida, pero creo que se lo esperaba, posiblemente se me adivinan las intenciones nada más verme, mi transparencia me traiciona. Ha remontado la empinada cuesta de la bañera y en un momento dado me hizo sentir pena, así que he abierto la ventana para que se secara con el aire. Pero se ha marchado y me ha dejado solitaria con mis reflexiones.
El problema de las moscas es que son un poco indómitas, no de dejan pasear fácilmente y yo no estoy por la labor de cortar las alas a nadie. Me parece que me voy a tener que comprar una tortuga para poder salir con mi amiga cuando saca a pasear al perro.