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Mi Santo Sky

No, no os riáis, porque todo esto es muy serio y muy trágico.
A ver, probando, probandooooo, ¿funciona bien el micrófono?… sólo quería decirte que, pasar de hablar contigo a hablar con una dura lápida, no es lo mismo. Es que no estoy segura de que los cipreses sean resistentes a todo esto, me acuerdo más de los robles, se parecen más a tí. No sé si quiero tampoco traerte una corona de flores, prefiero las malas hierbas, que siempre fueron tus compañeras.
Todavía te recuerdo con tus infusiones soltando discursos de sus beneficios, para lo que ya no tenía remedio. Me hace sonreír. Tu vehemencia, hasta para morirte, era digna de litros de literatura o de aguardientes malos, no estoy segura. Mira que eras egoísta, siempre ocupando espacio, hasta me robaste aire, ¡mamón!, tu dificultad para respirar me dejaba boqueando, aunque también boqueaba como los peces cuando me robabas la respiración en esos colchones amorosos.
Mira que no dejarme incinerarte muerto, sólo pude incinerarte en vida mirándote a largo plazo. Y luego me dejaste con el deseo de la purificación del fuego.
Que no voy a seguir hablando contigo, te tengo castigado en un mundo que no sé  dónde está, mejor voy a seguir hablando con tu lápida, pétrea como tú.
Te recuerdo calvito, caquéxico y frágil, pero no había más que mirarte para comprender que eran puras apariencias. Lo de consumirte sólo se te daba bien cuando luchabas por ese mundo utópico en el que las personas aún no habían perdido toda su dignidad. O cuando tocabas el contrabajo, mirando a un suelo sin fronteras.
No os riáis, que voy a dejar una mosca, en vez de flores. Una vez me dijeron que las moscas tienen un genoma casi humano. No, si al final me transmutaré en libélula, a ver si ligo contigo otra vez en cualquier bar de libaciones happy hour.
Eres tan egoísta que hasta para morirte fuiste el primero.

 

¡Estoy en 1º de mus!

– ¡Mentirosa!
– De eso nada, te juro que estoy aprendiendo a jugar al mus. Estoy en primero de mus, que es como aprender a escribir pero más lioso, ya sé lo que es un “duplex” y lo que significa “envido”.
– Y yo sé lo que es un adosado, no fastidies. Anda guapa, que eres más rara…
– Pero si es un juego que tiene más de 200 años.
– No si yo ya te imaginaba a ti con un traje de pana, boina y bigote, y dentro de poco eres capaz de fumar puros.
– Vale, nena, tú imagíname como quieras, pero el profe es un personaje.
– ¿Ah, sí?, ya decía yo que había gato encerrado, cuenta, cuenta.
– Pues está bien, muy bien, mejor de lo que me habían contado, la verdad es que le dije que sí a lo del mus para verle la jeta en vivo y en directo. Y ha tenido la santa paciencia de irme enseñando las reglas del juego con ojos a media asta y voz amable, con orden y sistemática lejos de mi caos mental, y hasta ha conseguido que yo logre sumar tres cartas seguidas. Tiene mérito el muchacho.
– Ya, ya, si no te conociera…
– Bueno la verdad es que me costaba trabajo seguirle, porque se me iban las ideas por otros derroteros. Tiene una preciosa nariz aguileña de Julio César. Mordisqueable.
– ¡Mordisqueable!, tú y tus símiles.
– ¡Órdago a la grande!
– ¿Mandeeeee?
– Es laaaargo, muy laaaargo.
– ¿Alto?
– Sí, pero no me refiero a eso. Me refiero a esa sensación que me transmiten algunas personas de que me van a dar siete vueltas y que me hace flotar en un nimbo amarillo.
– Es deciiiiirrrrr…
– No, no digo nada. Porque en mi vida siempre prima la ley de incompatibilidades, tú ya lo sabes. Lo único que digo es que me recuerda a mi profe de matemáticas: él explica con una claridad meridiana y yo pienso con un oscurantismo trigonométrico, durmiéndome en los laureles de vez en cuando y pensando en las musarañas,… bueno en las musarañas no, pero en que me encanta su modo de hablar sí. Él pone un interés tremendo en enseñarme, así que creo que incluso voy a tener la suerte de aprender, pero de aprender muchas cosas, lo del mus va a ser todo un descubrimiento, a ver si se me fuga la ingenuidad para siempre haciendo mutis por el foro.
– Niña, tú no tienes remedio.
– ¡Mus!

Mi Santo Sky

No, no os riáis, porque todo esto es muy serio y muy trágico.
A ver, probando, probandooooo, ¿funciona bien el micrófono?… sólo quería decirte que pasar de hablar contigo a hablar con una dura lápida no es lo mismo. Es que no estoy segura de que los cipreses sean resistentes a todo esto, me acuerdo más de los robles, se parecen más a tí. No sé si quiero tampoco traerte una corona de flores, prefiero las malas hierbas, que siempre fueron tus compañeras.
Todavía te recuerdo con tus infusiones soltando discursos de sus beneficios, para lo que ya no tenía remedio. Me hace sonreír. Tu vehemencia hasta para morirte era digna de litros de literatura, o de aguardientes malos, no estoy segura. Mira que eras egoísta, siempre ocupando espacio, hasta me robaste aire, ¡mamón!, tu dificultad para respirar me dejaba boqueando, aunque también boqueaba como los peces cuando me robabas la respiración en esos colchones amorosos.
Mira que no dejarme incinerarte, sólo pude incinerarte en vida, mirándote a largo plazo. Y luego me dejaste con el deseo de la purificación del fuego.
Que no voy a seguir hablando contigo, te tengo castigado en un mundo que no sé  dónde está, mejor voy a seguir hablando con tu lápida, pétrea como tú.
Te recuerdo calvito, caquéxico y frágil, pero no había más que mirarte para comprender que eran puras pariencias. Lo de consumirte sólo se te daba bien cuando luchabas por ese mundo utópico en el que las personas aún no habían perdido toda su dignidad. O cuando tocabas el contrabajo, mirando a un suelo sin fronteras.
No os riáis, que voy a dejar una mosca, en vez de flores. Una vez me dijeron que las mocas tienen un genoma casi humano. No, si al final me transmutaré en libélula, a ver si ligo contigo otra vez en cualquier bar de libaciones happy hour.
Eres tan egoísta que hasta para morirte fuiste el primero.

Curioso Bidet

Curioso invento el bidet. Ya lo dijeron muchos antes que yo. Pero lo más curioso son ciertos seres que los habitan, además de pelos y hongos en algunos casos. La jornada laboral me dejó tan exhausta que ni ganas de ducharme me quedaban. Ahí en el bidet, comencé a lavarme unos bajos fondos algo trastabillados, con ese placer distraído que producen el agua caliente y el olor de la espuma de un gel elegido con capricho. Y cuando más abstraída estaba, quedó en mis dedos algo que me hizo levantarme despavorida, con un grito. ¿Qué era eso? ¿De dónde había salido? Si parecía un alevín de pez. ¿Pero cómo había llegado ahí? Ahí, ¿eh?, ahí. Puse un filtro en el desagüe para que no se colara y aclarar si lo había soñado. Y no, no era un sueño. Era una diminuta cría de pez, con el tubo neural en transparencia y algunas huevas blanquecinas y gelatinosas adosadas. Con gran temor, lo estudié desde varios ángulos. No había duda. Era un embrión de pez, pero además parecía tener formas de tiburón. Un tiburón en ciernes. Tan blando, tan frágil y ya con la forma amenazante de un hocico devastador. ¿Qué pintaba un tiburón en mis bajos? Era imposible que fuera un aborto escapado de mi propio cuerpo. Hasta donde mi memoria me alcanzaba, yo no recordaba haber tenido ningún affaire con ningún tiburón. Uno de los del mar, se comprende, que los de la calle siempre mienten. Me quedé perturbada, confundida, anonadada y más o menos turbada. Sólo podía haber llegado a través del agua. Así que, con mucho amor, por si acaso era cría mía, al agua lo devolví. Al desagüe del wc en este caso, junto con las pegajosas huevas que lo rodeaban. Le dediqué una poesía, pero se fue nadando y ni se inmutó. Hoy lloro amargamente por haber perdido la oportunidad de mi vida de salir en televisión.

La cuidadora de cactus

Tres de picos pardos

La cuidadora de cactus, que era una cactus ella misma al fin y al cabo, llevaba una vida muy triste.
Con su hirsutismo le resultaba difícil besar sin pinchar y eso limitaba bastante su existencia. No es que no se pueda vivir sin besar, claro, todo el mundo lo sabe, pero se hace más insoportable y ella estaba decidida a cambiar su destino, su sino y a pensar en “a ver si atino”.
Así que se tomó muchas hormonas amigas de la suavidad, la melosidad y la lampiñez.
Se pasó varios años yendo a hacerse láser, bueno el láser se lo aplicaba un médico encantador que era como su psicoanalista, mientras él asesinaba los pelos de ella sin piedad, la cuidadora de cactus le contaba su vida, y él daba un toque de humor a sus comentarios pensando en la longitud de onda y la frecuencia del láser que tenía que utilizar a modo de arma del crimen piloso. Ella sonreía con todos los dientes en una posición bastante ridícula, pero sintiéndose consolada, mientras iba siendo desparasitada de su lacra.
Cuando la cuidadora, después de quedarse sin cash, por fin se quedó sin pelos, bueno sin los que son políticamente incorrectos, decidió seducir a alguien.
Esa tarea ya fue más complicada, porque no tenía muy claro qué era lo que quería, sólo sabía que no sabía nada y le invadía una peligrosa noción de lo que no quería, tan limitante como su hirsutismo.
Así que se fabricó unas bragas de fantasía.
La mayoría de las mujeres interesantes llevan bragas con encaje o blonda, pero ella decidió ir más allá: cogió unas bragas del siglo XVII de antes de hincharse como una foca en la era de las patatas fritas y los colacaos, es decir, unas bragas de cuando era persona, cosió un espumillón en la cintura y un par de bolitas de Navidad en las caderas.
Estaba monissssma monissssma de la muerte.
Además había estado yendo a clases de la danza del vientre durante un par de años, claro, de todos es conocido que más que danza del vientre en la mayoría de los casos todo queda en danza de barriga o en un hulahop de mercadillo, pero ella estaba muy concienciada con la ilusión de que el mundo iba girando a sus pies mientras ella andaba dándole unas cuantas vueltas de tuerca a su cabeza, con riesgo de asfixia inminente.
Venciendo una timidez que estaba a punto de caramelo para romperse, salió de marcha con un par de amigas tan impresentables como ella:  la una cuidadora de maíz devorador de muesli macrobiótico y la otra cuidadora de vecinas.

La policía las está buscando a las tres.
No nos han querido hacer comentarios acerca de cuál fue el delito y cuáles fueron los hechos desencadenantes y concatenantes, ya que es un asunto bajo secreto de sumario, sólo se sabe que fue hallado el cuerpo del delito y que sólo era capaz de comunicarse con símbolos de runas célticas y que estaba empanado en una especie de alucine jamás visto antes en ningún medio de comunicación.

Los cactus de la cuidadora tienen sed y están quedándose sin pinchos, están a merced de cualquier depredador desalmado.
Amigos, os incito a que vengáis a rescatarlos.

http://ligadeamigosdeloscactusabandonados.org/

¡Una de MIMMA!

Me ponga una de MIMMA, por favor, pidió Leonarda como el que pide una caña al camarero.
Y sus deseos fueron concedidos.
Apareció un Genio de la lámpara o de la vela (se desconocen sus auténticos orígenes), como en todos los cuentos, y se la llevó al MIMMA. ¡Hombre!, a lo mejor el Genio hubiera preferido llevársela al huerto, pero este año las lechugas están escasas, por no decir que el Genio llevaba a sus espaldas toda una excursión de patitas siguiendo a papá pato, así que las posibilidades eran limitadas.
Tras muchos besos, sonrisas y presentaciones, se dirigieron en manada, digo en patada, al vientre del parking, para quedarse primero contemplando un escueto altar mexicano a los muertos, que los muertos perdonen al artista, algo decepcionados y sospechando que lo del MIMMA lo mismo consistía en una pandereta, una guitarra y una cabra y yastá,decidieron seguir el programa preestablecido, que para eso se preestablecen.
Pero no, la manada se dirigió en patada hacia los intestinos musicales descubriendo un sinnúmero de objetos, ovejetos, masjetos y entresijetos musicales.
No es que los visitantes fueran expertos en música, como mucho habían oído alguna vez lo de micarromelorrobaron y conocían la existencia del arpa tras haber sido visitados por sus correspondientes ángeles. Pero a medida que se iban adentrando en las musicalidades del MIMMA, sus bocas iban adquiriendo un tamaño cada vez más desproporcionado por el asombro ante la infinidad de tan variados y bien conservados instrumentos musicales de miles de lugares y épocas.
En un momento dado, mientras todos estaban distraídos tocando sonajas, pianos, xilófonos de madera, y otras gaitas, Leonarda vio una pluma en el suelo. ¡Coño, si parece una pluma de avestruz!, se dijo para si misma, porque si lo hubiera dicho en voz alta no habría dicho el taco, que sus padres se habían gastado mucho dinero en educarla como una niña bien y no era cuestión de decepcionarlos.
Pero su descubrimiento trascendió a toda la patada, todas las patitas y papá pato empezaron a correr, reírse y gritar desaforados, como en un jolgorio de feria o en una vulgar despedida de solteros y solteras mal avenidos, cuando vieron corriendo con sus alas y sus pestañas al viento al susodicho avestruz, dando zancadas entre clarinetes, fagots, clavicordios y sirtakis.
Por megafonía se oyó algo así como “Se ruegan mantengan silencio, por favor, aquí los protagonistas son los instrumentos musicales”, pero el avestruz no se dio por aludido.

Menos mal que apareció El Muchacho y puso calma.

El Muchacho, un clásico donde los haya, con su sonrisa de muchos dientes y sus ojos azules de yo he sido fantástico y te voy a conquistar a tu pesar, le fue contando sus batallitas al avestruz hasta dejarlo agotado, exhausto y agonizante.
Se sabe que el avestruz se refugió en un convento de frailes benedictinos y le da al Benedictine con frecuencia, valga la redundancia, mientras toca dulcemente un tamtam con su pata derecha y recuerda con melancolía sus andanzas por el MIMMA, antes de la era Leonarda.

Véase la pluma del ave:

http://www.musicaenaccion.com/mim/Inicio.html

¿Y mi dentadura postiza?

Lo malo de dormir con desconocidos así de forma intempestiva, todos lo sabíamos pero picamos, es que no te puedes fiar de ellos.
¿Y mi dentadura postiza?
La puse anoche en la mesilla en el vasito de agua, junto con el DIU, y ya no está.
Claro que tampoco está el indivíduo que anoche me empañaba la oreja con promesas de llevarme a la Polinesia o a Tomelloso, que es que ya no me acuerdo.
Y lo malo también es que le de por vender la dentadura y el DIU a alguna incauta, que hay muchas por ahí.
Él era alto, guapo y tenía sonrisa de quítate tú pa ponerme yo. Me invitó a un chocolate con churros y no pude resistirme. Me había puesto ayer mi chaleco de croché, el que mi hermana ha estado haciendo todo el invierno y al final me lo regaló por no tirarlo. Ella piensa que le ha quedado horroroso, pero la verdad es que alegra mis pecas y me da aire de cassual-underground-girl (lo vi el otro día en una revista).
En resumen, que entre el chaleco y los berretes del chocolate, él me encontró muy atractiva. Y después me llevó a varios lugares de tímida luz  y música de sonotone con pilas descontroladas para invitarme a espirituosidades enólicas. Es decir, me pillé un cebollón memorial.
Corramos un tupido velo sobre las escenas intermedias que no son de vuestra incumbencia. La torpeza no siempre es publicitable.
El final de este cuento de sub-princesas es que yo estoy sin dentadura y sin DIU.
No vuelvo a poner en la mesilla de noche mis bienes más preciados.
Ni vuelvo a meter la pasta dentro de la caja fuerte de detrás del cuadro de Los Girasoles de Van Gogh, porque está claro que el bellaco también se la ha llevado.
Lo que no entiendo es por qué no se ha llevado el chaleco.

Ictus Interruptus

Estaba yo dándole al manubrio de la ambulancia, ¿o las ambulancias no tienen manubrio?, que se nos había quedado tirada en el arcén- sin h- por un recalentamiento global sin precedentes, cuando sonó el móvil del conductor,…

-…que se ponga el médico-me dijo en tono de cachondeo- a ver si puedes resolver algo.

“Las pezaítas” era el nombre con el que los chicos de la ambulancia habían codificado el número del centro coordinador de emergencias, que aparecía fluorescente sobre un fondo de pantalla con una tía con dos melones siliconados (cada día me sorprenden más los pensamientos de los técnicos de ambulancia).
– Dígameeeee- dije, con la esperanza de que quien quiera que fuera el usuario demandante de nuestros servicios no estuviera al borde de la muerte, dadas las circunstancias.
– Un aviso- emitió una voz femenina que me soltó todos los datos como un chorrito de grifo averiado imparable.
– Disculpa, ¿no hay otra unidad disponible, estamos haciendo RCP a la nuestra.
– Lo siento, todas las ambulancias están ocupadas y al parecer el paciente tiene un ictus.
He de reconocer que siempre me han alucinado los acertadísimos pre-diagnósticos telefónicos con ese sensual toque de teleoperadora, casi me dan ganas de creérmelos.
Pero creo que la ambulancia se arrepintió y dejó de torturarnos o, mejor dicho, decidió torturarnos poniéndose en marcha, para dejarnos sin excusa y lanzarnos a ese peligro inminente.
Dimos tan sólo unas tropecientasmil vueltas hasta que localizamos el sitio, la gente cuando tiene una urgencia suele dar los datos de la forma más escueta posible, es posible que supongan que el GPS de la maginación de los servicios sanitarios es infalible, o bien es probable que en realidad no deseen ser encontrados, cada uno se suicida como quiere, oyes. La Urbanización el Quinto Pino no estaba al borde de la playa, no, fue necesario recurrir a un alarde de intuición y al oráculo de Delfos para llegar a la zona, y luego preguntar a varios obreros, policías, panaderos, señoras con carrito y otros amables informadores para encontrar el número de la casa que, para variar, estaba equivocado.
La ambulancia hizo un ruido extraño, como resoplando, supongo que para solidarizarse, pero siguió operativa.
Médico, enfermera y técnico salimos equipados hasta las orejas con ese aire de salvar vidas que hemos aprendido en los cursos de reciclaje de urgencias de la tele. Bueno yo llevaba la bata algo manchada de óxido y aceite, las gafas un poco torcidas y los pelos más payá que pacá, pero como mi actual fonendo es de color fucsia, atrae todas las miradas y disuade de comentarios sobre mi look.
Entramos a la casa, la puerta estaba entornada, preguntamos que por dónde estaba el paciente a grito pelao, y como no hubo respuesta nos temimos lo peor. Subimos corriendo por unas escaleras de caracol estrechísimas y empinadísimas- cosa habitual en los avisos realmente urgentes- hasta la 3ª planta, allí había una señora muy británica tomándose un tazón con leche y galletas migadas y un señor tirado en una cama con olor a humedad de Brighton. Ella respondió amablemente a mis preguntas en Inglés de Guirilandia, pero no aclaró nada de lo sucedido, se supone que el médico ha de ser lo suficientemente avieso para captar todos los detalles y recomponer todos los hechos (ya me he apuntado a los cursillos de CSI de mi barrio, pero hay demasiadas solicitudes).
Así que me dirigí al señor enfermo con un supuesto ictus y me dispuse a hacerle una exploración neurológica, ya que no funcionaba la fonética, él tuvo a bien vomitarme en los pies, ¡ojo!, esto indica que el grado de educación del sujeto rayaba en lo delicatessen, otros vomitan directamente a la cara.
El olorcillo a Don Simón y el color vino de los elementos emitidos nos dio la pista, y los ronquidos suaves desmintieron respiraciones apnéusticas y otros sobresaltos, dejándonos claro que aquél señor de pelo cano, nariz violácea y mejillas coloradetas lo que tenía era un ictus interruptus, transformado en una monumental borrachera.