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Mi Santo Sky

No, no os riáis, porque todo esto es muy serio y muy trágico.
A ver, probando, probandooooo, ¿funciona bien el micrófono?… sólo quería decirte que, pasar de hablar contigo a hablar con una dura lápida, no es lo mismo. Es que no estoy segura de que los cipreses sean resistentes a todo esto, me acuerdo más de los robles, se parecen más a tí. No sé si quiero tampoco traerte una corona de flores, prefiero las malas hierbas, que siempre fueron tus compañeras.
Todavía te recuerdo con tus infusiones soltando discursos de sus beneficios, para lo que ya no tenía remedio. Me hace sonreír. Tu vehemencia, hasta para morirte, era digna de litros de literatura o de aguardientes malos, no estoy segura. Mira que eras egoísta, siempre ocupando espacio, hasta me robaste aire, ¡mamón!, tu dificultad para respirar me dejaba boqueando, aunque también boqueaba como los peces cuando me robabas la respiración en esos colchones amorosos.
Mira que no dejarme incinerarte muerto, sólo pude incinerarte en vida mirándote a largo plazo. Y luego me dejaste con el deseo de la purificación del fuego.
Que no voy a seguir hablando contigo, te tengo castigado en un mundo que no sé  dónde está, mejor voy a seguir hablando con tu lápida, pétrea como tú.
Te recuerdo calvito, caquéxico y frágil, pero no había más que mirarte para comprender que eran puras apariencias. Lo de consumirte sólo se te daba bien cuando luchabas por ese mundo utópico en el que las personas aún no habían perdido toda su dignidad. O cuando tocabas el contrabajo, mirando a un suelo sin fronteras.
No os riáis, que voy a dejar una mosca, en vez de flores. Una vez me dijeron que las moscas tienen un genoma casi humano. No, si al final me transmutaré en libélula, a ver si ligo contigo otra vez en cualquier bar de libaciones happy hour.
Eres tan egoísta que hasta para morirte fuiste el primero.

 

Mi Santo Sky

No, no os riáis, porque todo esto es muy serio y muy trágico.
A ver, probando, probandooooo, ¿funciona bien el micrófono?… sólo quería decirte que pasar de hablar contigo a hablar con una dura lápida no es lo mismo. Es que no estoy segura de que los cipreses sean resistentes a todo esto, me acuerdo más de los robles, se parecen más a tí. No sé si quiero tampoco traerte una corona de flores, prefiero las malas hierbas, que siempre fueron tus compañeras.
Todavía te recuerdo con tus infusiones soltando discursos de sus beneficios, para lo que ya no tenía remedio. Me hace sonreír. Tu vehemencia hasta para morirte era digna de litros de literatura, o de aguardientes malos, no estoy segura. Mira que eras egoísta, siempre ocupando espacio, hasta me robaste aire, ¡mamón!, tu dificultad para respirar me dejaba boqueando, aunque también boqueaba como los peces cuando me robabas la respiración en esos colchones amorosos.
Mira que no dejarme incinerarte, sólo pude incinerarte en vida, mirándote a largo plazo. Y luego me dejaste con el deseo de la purificación del fuego.
Que no voy a seguir hablando contigo, te tengo castigado en un mundo que no sé  dónde está, mejor voy a seguir hablando con tu lápida, pétrea como tú.
Te recuerdo calvito, caquéxico y frágil, pero no había más que mirarte para comprender que eran puras pariencias. Lo de consumirte sólo se te daba bien cuando luchabas por ese mundo utópico en el que las personas aún no habían perdido toda su dignidad. O cuando tocabas el contrabajo, mirando a un suelo sin fronteras.
No os riáis, que voy a dejar una mosca, en vez de flores. Una vez me dijeron que las mocas tienen un genoma casi humano. No, si al final me transmutaré en libélula, a ver si ligo contigo otra vez en cualquier bar de libaciones happy hour.
Eres tan egoísta que hasta para morirte fuiste el primero.

Maraña de moños de guardia

Si me levanto con los moños enmarañados, ten cuidado conmigo, puedes guardar silencio para siempre o hablarme a través de tu abogado.
¿Es que no te ha explicado nadie que las 6 de la mañana no es una hora muy apta para relaciones sociales?
Anda , dale a tu twitter o a tu whatsapp y déjame desemarañarme.
Ten paciencia.
Cuando veas que se me aplacan las iras y se me aplanan las cejas, puedes comenzar a reírte de mí. Pero no antes. Aún estoy digiriendo el desastre de emocionalidad desatada en la última guardia. Todavía me como las lágrimas y estoy entrenándome para reconstruir mis escudos. ¿O crees que voy a salir a la calle tierna como una ostra sin perla ni concha?
Acompáñame, quédate, no te vayas. Ni soy de hierro ni soy de hormigón, pero tengo que poner manos a la obra.
No puedo desmoñarme en banalidades si antes no he dejado atrás el censo de muertes, agresiones y enfermedades que me arrasaron ayer. Me dejaron, triste y transparente.
Mírame si quieres, mientras amanso mi pelo y lo disciplino hasta formar un moño italiano de médica antigua. Dame las horquillas. Dame un respiro. Dame un beso.

>Médico de blanda mollera

>

Lo malo de trabajar aquí es que cuando he salido a mediodía el coche estaba a 43ºC y, como estaba cantao, se me ha reblandecido la mollera. No es que tuviera una mollera brillante, no, soy un médico de inteligencia dudosa, pero con las gafas que me compré hace 6 meses parezco premio nobel. Sé que soy feo de cojones,… mejor dicho, los cojones los tengo de una estética medianera, pero soy feo de jeta ya desde que nací, lo cual no ayuda a que se me abran las oportunidades en el casting de la vida.
Y el caso es que no sé qué me ha reblandecido más la mollera, si el calor (o la caló) o el psicótico que hoy me ha caído en gracia, como cada vez que comienzo a trabajar en un centro de salud. Y que digo yo que será por la ley de compensaciones: como cuando estaba en la residencia universitaria las novatadas que me hicieron fueron ligth, pues ahora me caen psicóticos cada vez que estreno trabajo.
Venía él con su metro noventa y sus bíceps del tamaño de mi cabeza con la sana intención de matar a alguien.
Tras largos y densos minutos de negociaciones con voz sofronizante para que aceptara dejarnos ponerle tratamiento, parecía que iba a acceder, pero alguna de las voces de su cabeza le debió de sugerir que agarrara por el cuello a la enfermera y de paso comenzara a golpearse la mollera (posiblemente más dura que la mía) contra la pared recién pintada, no sé si por solidaridad conmigo. Y digo yo que eso no se hace, porque nos ha costado varios años de pedirle a nuestros jefes que nos cubrieran el presupuesto de pintar paredes roñosas con hongos y grietas.
La enfermera no llegó a ponerse mu moraíta, pero en vista de que la pobre no dijo ni pío, la soltó como a un pollo lacio desplumado en la carnicería y se vino a por mí.
No, si yo ya sabía que estas gafas inteligentes me iban a dar problemas.
En vista de lo cual no tuve más remedio que arracancarme los botones, desgarrarme la camisa y enseñarle a mi amigo mi pecho tatuado.

En el hospital han tenido que llevarle a la UCI por shock emocional por susto. Ya, ya sé que el diagnóstico no es muy clínico, pero es que en estos momentos no encuentro el código del diagnóstico en el ordenador. Al fin y al cabo ya os he confesado que, aparte de feo de cojones, soy torpe congénito.
Os dejo una foto de cómo ha quedado de reblandecida mi mollera, en vez de los 40 principales voy a tener que poner en el coche el CD de la música de París-Texas.

Fibras del tálamo: http://refugioantiaereo.com/2009/11/100-anos-de-imagenes-del-cerebro

Mousse de lentejas

No, si es que las dos del mediodía no es buena hora para resolver problemas serios, una anda pensando ya en su mousse de lentejas sobre un lecho de humo de embutidos del país y lo de escuchar a los demás se hace pelín arduo. Bien está que me pase la mañana ajustando diabetes e hipertensiones en inglés, que para eso he desayunado mis patatas con torreznos, como mandan los cánones de la era prefranquista, pero a las dos de la tarde, el mareillo sólo me permite llegar a ciertos límites, los demás se piensan que es que tengo Alzheimer, pero mi yo íntimo sabe que es la añoranza de la mousse de lentejas. Como tengo un cupo cuyos nombres recuerdan a una lista de la ONU, me desgasto en un sinvivir de úlceras que me hablan en islandés, amigdalitis que me cuentan penas en marroquí, ambulancias que me atraen con susurros belgas, migrañas rumanas y muchas isquemias de aroma británico, que no falte de ná. Me he instalado un traductor simultáneo en la base del cráneo, me lo compré el otro día en el tres por dos de carrefour, junto con una cisterna de litros de paciencia y un desmareante sincronizado. También llevo a veces un escapulario con un trozo de reliquia de santa Miratorva de Achís, pero se me engancha con el fonendo, así que he optado por ir lo más sencilla posible, con lacara lavá, para entregarme en cuerpo y alma al amor de las muchedumbres. Pero que no venga nadie solicitar reducciones de mama ni aumentos de pene a última hora, porfaplis, que la rememoranza del humo de embutidos del país, el calabacín de faralaes y la dorada en barca de fresas, me vuelve loca y entonces me dedico a hacerles tactos rectales a los que vienen porque les ha salido un golondrino acusador en el mismísimo sobaco (más conocido como axila). A mí que me dejen, que tengo que reflexionar.
[Foto: Sebastian Kaulitzki para shutterstock]

Conversaciones en un autobús con aspiraciones a metro


Ella me miraba y me veía la oreja, estaba su deseo lacivo de poseer mi oreja y clara su intención de asegurarse al menos de mi capacidad de percepción auditiva, y anhelante de comprobar si mi oreja captaba sus melífluas frases y sus labilidades emocionales rememorando su encuentro con su médico. La captación por parte de mi cerebro, sin embargo, tenía órdenes precisas de filtrado y distribución de la información de forma suficiente para producirme en la cabeza un movimiento como el de los perritos de adorno de los coches, en una afirmación perenne y estirando ambos labios (los de la cara) de forma increíblemente elástica enseñando una dentadura ofensiva en su perfección, así que en mi ausencia no me dí cuenta de que ella ya había pasado a enumerarme las endodoncias, peridoncias, y otras transfixxiones perpetradas por su dentista en su boca y en su espíritu. La señora era amable, he de reconocerlo, mi amabiliadad siempre ha dejado mucho que desear, la señora tenía verdaderos deseos de comunicación, los míos estaban más próximos al del ermitaño. Pero soporté con sonsrisa estoica cuando me dio caramelos para mis niños (aún no estaba yo muy segura de si tengo hijos) y me dijo que mi marido debería sentirse afortunado por tener una esposa como yo (posiblemente el proceso de pensamiento de mi exmarido pertenezca a otra escuela). Me dirigió una profunda mirada de gallina maternal protectora (pensé: “otra”) y vaticinó que mi futuro sería muy productivo, dada mi gran capacidad creativa, su ceguera mental le impidió ver el caos. De cualquier forma le devolví sonrisa de escuela de monjas de las de antes. Por suerte estaba en Madrid, podía elegir por igual el caos o el orden. A mi lado tenía el ministerio de Agricultura con esas impresionantes estatuas en la parte superior amenazando con llevarme en sus carros a no sé qué otros tiempos igual de ilógicos. Y por lógica también, en los metroautobuses las conversaciones unilaterales no duran más de cien años. Luego eché de menos el soniquete zumbón de su voz en mi oreja, era un símbolo de orden en un mar revuelto de sonidos con menos vocación de mutismo que la mía.

Hice mutis por el foro,

o a lo mejor muté a óleo flamenco para colgarme en las paredes de algún museo de alguna Baronesa, que es que a veces pierdo las memorias.