Le pedí la mano

 

 

 

Le pedí la mano, pero no para casarme con él, aunque vi correr el miedo por sus ojos por si acaso.
Había estado hablando durante tres cuartos de hora, con esa voz de cántaro roto, mientras yo escuchaba, algo abstraída, columpiándome en sus hombros cuadrados, mirando el rectángulo del mentón moviéndose como cuando habla una marioneta, contando los surcos de sus orejas y sopesando lo negras que tiene las pestañas. De vez en cuando yo hacía movimientos de cabeza, como en un tic, para que supiera que seguía el hilo de su discurso, emitiendo a veces algún sonido gutural parecido a un sí, un no, un claro, claro, o un nada de eso. Mientras iba grabando lo que me decía en algún lugar de mi cerebro, para rebobinar después y volverlo a escuchar cuando estuviera sola, yo estaba más interesada en sus manos. Grandes, como él, algo pálidas, elásticas, con uñas impecables, que me tenían embobada por la generosidad que transmitían.
Así que le pedí la mano. Me dio sólo una, algo mosquedado, claro, y medí todos sus parámetros entre las mías, almacenando datos en las líneas, sintiendo las almohadillas de sus músculos y la temperatura de ese cuero armado.
Como no era cuestión de rebanarle el cuello para llevarme la mano conmigo, así sin la premeditación de otras veces y en ese lugar tan concurrido, se la devolví en un gesto magnánimo y sin precedentes.
Voy a tener que controlar mi hobby de coleccionar manos, pero siempre quedará un hueco vacío para la suya en mi galería.

 

Foto: Hands

Tatiana Popova para shutterstock

La cenefa de tus baldosas

 

      Si entro en tu cocina corro riesgo de ser evaporada, porque la cenefa de tus baldosas, hecha con Azul de Prusia, me abstrae durante horas. Me gusta el olor del sofrito de tomate que tú vas preparando, mientras yo descifro los códigos de la cenefa, me recuerda el aroma que me vas a contagiar cuando luego me dejes exhausta y abatida en tu colchón. Azul la cenefa que tú hiciste cuando te dio por la cerámica y escribiste tu vida en los bordes de las baldosas, para que cuando todo lo anule el tiempo, venga uno de esos seres crípticos del futuro a descubrir tu mensaje secreto y montar toda una religión o una parafernalia en torno a él. Azul prusiano, ahora ondulado, ahora cuneiforme, es tu deseo, el que me abstrae también fuera de tu cocina, que ya sé que me engañas con macarrones para seducirme, para que te regale la cenefa, la que llevo escondida en secreto, la que hace que los dos rodemos abducidos hacia las baldosas del suelo.

 

El cencerro de esmeralda

 
 
Esto era un cencerro esmeralda, me dijo él, con refuljores, aclaró.
Yo por más que miraba el cencerro no veía más que un badajo de hojalata cualquiera, pero la imaginación es libre.
Y siguió narrando celibateces carcelarias acerca de su anatomía.
Yo le escuché atentamente, es decir, mirándole muy fijo pero sin enterarme de nada, porque iba haciendo una narración paralela en mi interior, es decir yo para mí misma, jamás se la contaría a él, ya que derribaría el concepto de dios que tenía de su ser.
La verdad es que un poco verde sí estaba el cencerro, verde era también él, pero tanto como de esmeralda,… no sé, no alcanzaba el grado de dureza de una gema, más bien el de un entrecot tierno, o llamémoslo filetillo. Pero yo seguí con cara de atenta.
Lo de los refuljores me hizo mucha gracia, porque necesitaba un buen baño y no se le veían los brillos ni en las regiones apicales.
En resumen, me contó unas proezas un tanto originales intentando impresionarme, sin darse cuenta de que lo que más me estaba impresionando era la imaginación y la jeta que le echaba, pero, siguiendo su discurso, llegó a una narración de hechos encadenados festejosos y rijosos que tenían su miga, su aquél y su gracia.
Luego, cuando ya empezó a adormilarse, le acabé de lavar la sonda, le cambié los parches y terminé la cura y me fui sonriéndole con un hasta mañana.
 

Desde Ali’ite

 

Hola, aquí estoy dentro de esta botella de cristal verde y grueso, mirándoos a distancia, algo distorsionados, y escribiendo mis experiencias en mi microordenador con los pelillos de la nariz o con estas barbas de pez, que ya no sé lo que soy. Por el cuello de la botella entra un agua cálida generalmente, lo que me permite mantener las rayas amarillas que me quitan la depre del encierro. Entré y no sé cómo salir, las aletas se me quedan algo tumefactas a veces y soy demasiado pequeño para embestir el cristal y empujar la botella a la superficie. Entró algo de arena en el viaje y se ha quedado varada en el fondo de esta playa de olas suaves. Espero que una buena tormenta me saque de aquí, me abruma tanta belleza y tanta luminosidad.
De vez en cuando como un poco de plancton a vuestra salud, y escribo cuentos repipis de corales y cangrejos hermitaños. Por aquí no suele haber mucha basura, porque hay pocos seres humanos todavía, tampoco espero que se conviertan en peces, como yo, no me apetecería encontrarme de repente con un pez sierra de vecino, o sí, lo mismo sería para hacerme un favor de bricolaje en la botella. Tampoco desearía huir y acabar en alguna ría debajo un puente, ya he nadado por demasiados mares que no me ofrecían puntos de referencia válidos.
En realidad me conformaría con salir por aquí y desovar en algún hueco, entre esponjas, por ejemplo, donde no alcancen las morenas de las grutas, ni las rubias de la playa que entran corriendo al agua sin saber dónde pisan.
O morirme de pena dentro de esta cárcel transparente y ser encontrado por ese biólogo pecoso que he visto bucear a lo lejos, para que me diseque y me exponga en el museo Oceanográfico.
Al fin y al cabo, dudo que sea normal encontrar otro pez con estas narices de Pinocho.

Ha pasado un pez que no conozco, andaba despistado y ha picado en un cebo que lleva ahí por lo menos una semana. Claro que lo que no se esperaba el pez era encontrarse un cebo con sabor a paté de cannard, a mí me hubiera gustado más saber a bonito del norte, pero los genes mandan. Al pobre pez se le han hecho un revoltijo las branquias con la aleta caudal y yo he creído que por fin había encontrado la solución a mis angustias por el crédito del banco.

He emitido un suspiro que ha asomado a la superficie en forma de burbujas envueltas con algunas algas. Siempre he sido condescendiente con mis amigos, el precio autoimpuesto por tener cara de besugo.

La felicidad colea.


Se acerca un cocodrilo. Sospecho, por la cara que trae, que va a intentar ligar conmigo.

Hola, aquí estoy dentro de esta botella de cristal verde y grueso, mirándoos a distancia, algo distorsionados, y escribiendo mis experiencias en mi microordenador con los pelillos de la nariz o con estas barbas de pez, que ya no sé lo que soy. Por el cuello de la botella entra un agua cálida generalmente, lo que me permite mantener las rayas amarillas que me quitan la depre del encierro. Entré y no sé cómo salir, las aletas se me quedan algo tumefactas a veces y soy demasiado pequeño para embestir el cristal y empujar la botella a la superficie. Entró algo de arena en el viaje y se ha quedado varada en el fondo de esta playa de olas suaves. Espero que una buena tormenta me saque de aquí, me abruma tanta belleza y tanta luminosidad.
De vez en cuando como un poco de plancton a vuestra salud, y escribo cuentos repipis de corales y cangrejos hermitaños. Por aquí no suele haber mucha basura, porque hay pocos seres humanos todavía, tampoco espero que se conviertan en peces, como yo, no me apetecería encontrarme de repente con un pez sierra de vecino, o sí, lo mismo sería para hacerme un favor de bricolaje en la botella. Tampoco desearía huir y acabar en alguna ría debajo un puente, ya he nadado por demasiados mares que no me ofrecían puntos de referencia válidos.
En realidad me conformaría con salir por aquí y desovar en algún hueco, entre esponjas, por ejemplo, donde no alcancen las morenas de las grutas, ni las rubias de la playa que entran corriendo al agua sin saber dónde pisan.
O morirme de pena dentro de esta cárcel transparente y ser encontrado por ese biólogo pecoso que he visto bucear a lo lejos, para que me diseque y me exponga en el museo Oceanográfico.
Al fin y al cabo, dudo que sea normal encontrar otro pez con estas narices de Pinocho.

Ha pasado un pez que no conozco, andaba despistado y ha picado en un cebo que lleva ahí por lo menos una semana. Claro que lo que no se esperaba el pez era encontrarse un cebo con sabor a paté de cannard, a mí me hubiera gustado más saber a bonito del norte, pero los genes mandan. Al pobre pez se le han hecho un revoltijo las branquias con la aleta caudal y yo he creído que por fin había encontrado la solución a mis angustias por el crédito del banco.

He emitido un suspiro que ha asomado a la superficie en forma de burbujas envueltas con algunas algas. Siempre he sido condescendiente con mis amigos, el precio autoimpuesto por tener cara de besugo.

La felicidad colea.

Se acerca un cocodrilo. Sospecho, por la cara que trae, que va a intentar ligar conmigo.

 

 

En la rueda del reloj

     Como se me ha oxidado la rueda del reloj, el tiempo se me descalibra y mi Swatch sólo sirve de adorno para presumir, pero me quedo enganchada a ratos en tramos detenidos que me producen jet-lags. Así que para matar el tiempo, antes de que me mate a mí, me he hecho asesina en serie. Me dedico a ir a degüello a por esas víctimas que tánto confían en mí, en mi palabra, me dedico a rebanar cuellos con las afiladas hojas de diccionarios nuevos. La desventaja, que siempre dejo rastros, la ventaja, que mi cara de angelito no levanta sospechas. El resultado, que un vecino mío que dice ser detective privado me va poniendo al día de los fallecimientos, que ya empiezan a ser seis. Así voy frenando este parkinson mortal que me tiene como una rueda dentada que se atora y se acelera sin control. Y mi vida es más llevadera, menos acomodaticia, pero más llevadera. A ratos pienso en mi senectud y me siento frustrada por tantas filosofías erróneas que encaminaron mi vida a unos engranajes descascarillados. Pero enseguida se me pasa y salgo a buscar el próximo destinatario de mis palabritas. Es bonito ver cómo la letra con sangre entra o, mejor dicho, cómo sale la sangre con la letra, cómo el saber sí ocupa lugar y cómo todos esos dichos de mis abuelos toman un sentido inverso, como si se hubieran vuelto locas las manecillas del reloj.

Voy a dar cuerda a mi óxido, porque las pilas ya no funcionan y he tenido que retroceder. Volveré dentro de un ratito, no os mováis, por favor, y enseñadme las laringes para que haga un casting de degollables.

Tulipanes Negros

…y dicen que desde entonces en la estación había así como un aroma a Tulipán Negro, mezclado con el de la prensa de los domingos, el olor legionelósico del aire acondicionado, y el del puestecillo de gofres. Y que una atmósfera de melancolía lo invadía todo produciendo retrasos de 8 segundos y 32 décimas en la salida de todos los trenes, que fué el tiempo que ella tardó en viscosearse. Y dicen también que por allí nunca pasará el AVE….

***

Salió vestida de tulipan negro: la cabeza con cardado de la época del twist, un inmenso moño carbón y el eyeliner haciendo arco hasta casi unirse con las cejas; el talle, o tallo andrógino, con ese vestido verde pistacho sosteniéndola precariamente, y unos tacones de los de matar a estocadas horadando los adoquines del Ayuntamiento. Pero no supo dónde ir, así que volvió a entrar a casa y se puso otra vez la bata, pero no la de cola.

***

Ha comenzado la operación Tulipán Negro y todos estáis bajo secreto absoluto. No olvidéis que la cárcel siempre tiende amablemente sus rejas al que se va de la lengua. Los objetivos están ya identificados y se os entregarán con cuentagotas a la hora del bocata. La lista de problemas y obstáculos a superar es interminable, así que tendréis que improvisar. Macías sácate el palillo de la boca mientras yo hablo, que pareces un concejal de pueblo. Lo siento pero no hay presupuesto para coches blindados, tendréis que conformaros con las bicis de alquiler. Quiero ver a todos bien camuflados, está de más decir que si os ponéis las gorras de béisbol se os nota a la legua… y en estos momentos, el peligro está ahi afuera. Compañeros: quiero que me traigáis todos los tickets del McGonalds para que me toque a mí el coche. Ya lo compartiremos.

***

Otra vez te miro, ya que últimamente es mi deporte favorito, y me imagino inmersa en otro anuncio de Tulipán Negro. Yo voy a cámara lenta, con el viento ondeándome la melena y la falda, tú te acercas y se te cae el periódico a mi lado, yo levanto el brazo y tú te incorporas acercando la nariz a mi axila bienoliente, pudiente y muy decente, a mí me da la risa de las cosquillas y tengo que volver a empezar la fantasía de anuncio, porque se va afreír espárragos el romanticismo.

***

Tus ojos, como corolas de tulipanes negros, brillan ahí muy colocaditos en su espacio natural, bien hidratados y tersos, bien definidos y sin rebabas, tus ojos me intimidan, a pesar de tu tono bienintencionado. He decidido hablarte sin verte, aunque te mire, porque, como te vea los ojillos indagándome, acabo soltando despropósitos o compitiendo contigo en alguna batalla que no sé de dónde ha surgido. No me mires, que te veo, y el reflejo verde del rabillo del ojo me enlujuria y me escama.
Anda, ponte unas gafas negras, que el mosqueo sería el mismo, pero al menos me quedaría la duda de lo que piensas.