Le soleil ligón

Había viento de sureste suave y el sol no quería ponerse todavía, bueno, en realidad estaba puesto allí en lo alto, pero no quería esconderse. Le gustaba ver pasear por la dársena de levante a toda esa gente con ganas de hablarle. Porque todo hay que decirlo, el sol se sentía un poco solito haciendo de calefactor e inductor e la fotosíntesis. Los barcos cabeceaban contentos, esperando que alguien los pilotara para irse de paseo a ver delfines, era el día propio.

El sol vio un yate de dos palos y 12 metros de eslora, precioso, con una bandera francesa ondeando nueva, y la cubierta recién fregada. Siempre se había dejado seducir por la pronunciación de su nombre con ese glamour, “soleil”. Bajó a cuchichear con el yate, para hacerle proposiciones deshonestas. Aprovechando que el capitán se había ido a tomar unas birras por el puerto, le soleil estuvo rondando al yate cantándole canciones de tuna y recitándole hermosas poesías de esas que la gente le dice a la luna cuando va algo pasada de rosca.

En un descuido, el sol o le soleil, como prefiráis, se acercó tanto, que prendió el velamen y aquello comenzó a arder y la lió parda, como cuando entró en la fábrica de Vulcano para competir.

Llegron bomberos diligentes y con ese subidón de adrenalina que produce una de sus intervenciones, apagaron el fuego y de paso ducharon al sol, que ya olía mal de todo el día por ahí sudando.

Todo se quedó negro un rato, el sol se quitó el disfraz de soleil y se pujo su pijama de estrellas. Y la gente, ignorándole, siguió paseando y dándose al jolgorio por la dársena de levante.

 

 

Heliopondrio el Contemplativo

Tóxico Benigno

¡Ay, guapa!
No hace falta que coma setas alucinógenas, si cada vez que apareces me salen palabras, palabros, requiebros y floripondios, como a la luz de la luna pero sin cerveza. Siempre fui un poeta de feria y el lirismo me inunda a ratos, como las norias. Entras en mi burbuja y el alma se me sube a la parra sin necesidad de vinos olorosos, las uvas son sólo para ver cómo te las comes.
No me importa que me intoxiques de esa forma tan benigna que transporta luces a mis oscuridades.
No te confundas, nena, no estoy enamorado de ti, estoy enamorado de mí en este estado que me produces con que simplemente muevas un dedo. Y como eres perversa y de naturaleza opaca, no siempre me dejas adivinar lo que escondes debajo de tus cejas.
Te recitaría poesías, pero me da mucha risa, así que empieza tú primero.
Mejor será que me vaya a volar como las abejas de flor en flor, aunque creo que no volveré a libar otro tóxico igual. O a lo mejor es más útil si me transformo en vampiro primaveral y voy a chuparte la sangre de ninfa de los infiernos.

Guardaespaldas de limón


Así que, como allí estaba yo, delante del fregadero, pensando en tu boca de flor de buganvilla, sonriendo abstraída, mirando cómo se forma y cómo cae la gota de agua de un grifo, haciendo ese ruido que sólo tú supiste enseñarme a distinguir, poingchidiviú, así hace la gota,…

Así que como estaba yo con las melenas despeinadas por allá por la nuca, concentrándome en ese momento en el que sé que vas a entrar sin hacer ruido, para acercarte a mis sensaciones y a mis pensamientos por mi retaguardia, a traición…

Así que como me cobijas la espalda y a mí me recuerdas a un caramelo amarillo-ámbar de miel y limón…

Pues he decidido nombrarte mi guardaespaldas de limón, porque me produces dentera y un placer dulce cuando te acercas así. Porque me recuerdas cómo son los centros del placer, los que sueltan chorros de endorfinas y los neurotransmisores de la lujuria. Porque me envuelves como si me fuera a romper, para poder partirme en dos tú solito, para poder matarme sin que me muera, para protegerme del aire, porque te pones celoso.

Te regalo la primera erección de mi vello, mi guardaespaldas de limón, te regalo el primer suspiro que me sale con tu roce.

[Foto: Manuel Zardain, http://www.pintoresmexicanos.com/ ]

El suicidador en serie

[“De Sogas y Semisuicidios” (cont.)]

Benedicto vaga entre nubarrones pesimistas en su cabeza y bloques de hormigón en sus pies. Hace tiempo fue peluquero y creaba obras de arte con lacas chinas y siliconas de valles estadounidenses en las cabezas de sus escasas clientas de ralos pelos.

Una alopecia sarcástica fue apoderándose de él, de toda su persona, dejándole con los cuatro pelos de la vergüenza al desnudo, en medio de este mundo cruel y descarnado. Junto con los pelos, fue perdiendo fuerza creativa sansoniana, y las escasas señoras visitadoras de peluquerías de mediopelo fueron convirtiéndose en casi ninguna.

Acudió a varios médicos más calvos que él para intentar aplacar su depresión y su desgana para buscar musas.

Hizo un viaje al Más Allá, o sea a Francia, para buscar inspiración espiritual, pero se torció el tobillo el primer día que llegó a París y se le fue a tomar vientos la planificación turística.

Volvió dispuesto a desaparecer de su calvo mundo.

Pero aún le quedaba un brote de malicia y un germen de maldad. Optó por suicidar a otros antes que a sí mismo.

Adecentó su hogar para sus fines, sacó el mantelito de Lagartera que le regaló su tía Paca cuando se independizó y por fin logró salir de casa de su madre, por si se casaba. Rescató la vajilla de porcelana de las monjitas de Santa Clara, la cubertería buena, los vasos de Nocilla de Bohemia,…

Y se dedicó a organizar comilonas de langostinos con mucha mayonesa.

Sus sucesivos comensales fueron falleciendo de profusas cagaleras peores que las del mal de Moztezuma, suicidados en contra de su voluntad, pero con todo el cariño del mundo, por su anfitrión Benedicto.

Él intentó pasar a mejor vida con una pata de cordero dejada a madurar al aire de un verano algo tórrido.

Pero se tuvo que conformar con la desagradable noticia hospitalaria de que era inmune a varias toxinas por poseer una encima benefactora y probiótica comedora de sus otros bichos.

Así que invitó al médico probiótico, que con aire de triunfo le había comunicado la nefasta noticia, a una mariscada en su hogar calvoriento.

[Foto http://www.elreygambon.com/Mariscada-El-Rey-Gambon%5D

Engranajes

Tuesto el pan, te afeitas, exprimo las naranjas, me besas el cuello, hago café, me miras sonriendo como si no me hubieras visto nunca. Me voy. Te vas. Ignoro qué comes. No sabes si respiro. Vuelvo. Vuelves. Me pongo las zapatillas de corazoncitos de los chinos, te quedas en bañador sufriendo el semicalor, sonrío para mis adentros, me pillas sonriendo para mis adentros, te deseo en mis adentros, me pillas al vuelo el deseo de mis adentros. No suspiro, suspiras, no grito, ruges, me arqueo, planchas los hilos de los suspiros, los gritos y los rugidos que se confunden con caldos de cultivo. Yo cultivo, tú plantas. Te añoro aunque estés ahí mismo, pones tus dedos a amasar mis caracoles. Vivimos, dormimos.

La calma está engranada en el aire de los visillos.

Looping Real

He estado toda la mañana volando, haciendo loopings, ascensos descensos, monadas a babor y monadas a estribor. Me crucé ayer con todas las nubes que estaban ociosas y también con las enfadadas que se disponían a soltar tormentas. Hoy a ratos he estado encarando al sol con el pico más ganchudo que nunca y dejando que revelara mis ojos como linternas.

He seguido errático en un aire que empieza a estar cansado de regalarme oxígeno por la cara.

No vi nada. O, mejor dicho, no he visto lo que tenía que ver.

Hace tiempo que dejé de ser colibrí, para convertirme en un híbrido, no sé muy bien si soy un águila, un buitre o un vulgar tordo. Que alguien resucite a los darwines que por el mundo han pululado asignando un lugar para cada especie y una razón de ser para existir para cada uno.

Sigo sin ver nada. O, mejor dicho, no veo lo que tengo que ver.

Vuelvo a elevarme en un vuelo que espero sea el último, me tiene agotado este aleteo porque sí. Me tiro en picado, como estoy ciego supongo que me dará igual si choco contra una piedra o una margarita.

He caído sobre un campo de espigas. ¿Y ahora qué hago, si he descubierto que soy carnívoro?

Líneas blancas rellenas

¿Y ahora qué hago?
Me dejaste la tarea de rellenar pensamientos en blanco, para adivinar sus silencios, rellenar páginas en blanco, sólo con ideas, sin romper los vacíos, para proteger su limpieza de intrusos, no me diste la llave de abrir candados, porque no los había, pero me encontré con el blindaje de acceso no permitido a imaginaciones pobres de solemnidad.
Así que qué hago ahora,… como no sea por telepatía, como no adivine a distancia qué piensas, qué sientes, qué haces y, sobre todo, qué quieres decir…
Hace tiempo que no escribo con puntos suspensivos, es más hace tiempo que no pienso con puntos suspensivos, mis jornadas están cargadas de contenido, sin tiempo para el vacío. Y como has emitido la palabra vacío, para que yo la rellene, la lleno de líneas blancas, tú ya sabes lo que significan. Pero si me incitas, mi capacidad de rellenadora no encuentra límites, mas que los que empiezan como en un suspiro y acaban en un gemido, como me dijiste una vez, o a lo mejor no lo dijiste pero yo lo soñé.
Te van a salir líneas blancas de todos tus pensamientos, se te van disparar desde tus ideas, no voy a tener que decir nada, porque tampoco tú has dejado que nadie se entere, y ya no hablo del silencio, y ya no hablo del vacío, ni siquiera hablo del blanco, sólo de lo que yo espero y de lo que tú has emitido.