doslenguas

Verde. Te miro.
Amarillo. Te peino las canas.
Rojo. Me río en tu nariz.
Gris. Te hago una ola de besos.
Naranja. Me como tus macarrones.
Violeta. Te robo palabras y te encierro en ellas.
Oro. Me pestañeas.
Plata. Te río por las comisuras.
Azul. Me haces el calamar.
Negro. Te desfleco el alma.

Pensamientos Trisílabos

Esta mañana me hice un café de esos como los de mi abuelita María, que es como a la turca pero en castellano. Pones agua a hervir, añades varias cucharadas de café para que esté casi masticable, y dejas que vaya combándose una “nata” de café sobre el agua, hay que procurar que no se desborde, no es tan sencillo, y cuando llega al borde levantas el cazo para que baje el hervor y así hasta 3 veces, a la tercera es cuando comienza a ebullir y se rompe la costra de café. Entonces apagas el fuego y tienes dos opciones, colarlo con el colador de tela (el chino), o echar café tal cual directamente con lo que luego deja los posos en una taza pequeñita y añades azúcar. Este segundo método, el de la borra del café, tiene la ventaja de que al final puedes volcar la taza sobre un plato después de girarla tres veces en sentido contrario a las agujas del reloj, lo dejas un rato escurriendo, luego miras los dibujos que dejan los posos y allí en el fondo de la taza están algunos retales de tu pasado, tu presente y tu futuro escritos. Bueno, esto es más de meigas, pero estimula la imaginación que da gusto.

Y esta mañana vi en la taza la silueta de un perrito siguiendo a un elefante.
Primero me quedé con una sonrisilla de esas de “yastamos con tonterías, ¿y esto que es lo que es?”.
Pero luego vi claramente que el elefante eres tú, con tus pensamientos trisílabos, y yo el perrito, pero un perrito algo tontaina, inexperto, liante, como esos que la lían con el rollo de papel y luego ponen cara de pena para que no les riña nadie. Un cachorro de labrador, sí.
Tú, con tu elefantidad milenaria, me miras con cara de “es que no tienes remedio”, y yo ladro un poquito para despistar a ver si hay suerte y no te fijas en la caquita que se me ha escapado en aquella esquina. Y tú te enfadas o no, nunca se sabe, porque tus pensamientos trisílabos y tridimensionales siempre han superado a los míos bidimensionales, bisílabos y en mantillas.
Te piso la pata en mis correterías y tú ni siquiera barritas, sospecho que es como si te hubiera hecho cosquillas con un algodón.
Tus ideas están tan altas, que no alcanzo, no puedo verlas, te quedan a la altura de las orejas y se esconden como detrás de un abanico. Nunca pensé que un elefante pudiera coquetear de esa manera con sus pensamientos.
Anda, agacha un poquito el lomo, para que me suba a correr por encima y te rasque con mis patitas.

Mordisqueable

¡Me encantas!, dijo ella.
Y la galleta estuvo a punto de ablandarse. Pero resistió estoicamente con ojitos tiernos, con esos agujeritos hechos con amor y cariño en una base de sémola de trigo duro de alguna casa no pizzeril.
Las galletas, de todos es conocido, se nutren de leche de ubre ágil o paciente, según la época del año.
¡Me encantas!, eres mordisqueable, volvió a decir ella por enésima vez, dispuesta a hacerle una rinoplastia de un mordisco.
La galleta sintió el miedo profundo que uno siente ante los monstruos peludos.
Pero muy consciente de haber sido creada para fines de se sacrificio, se dejó comer.

Imagen: galletas únicas

Cambio edredón por manta

 

– Te cambio mi edredón de plumas de ganso nórdico por lo manta que tú eres, Salvador.
– Mullidámonos María, que los torpes, mullidos, son menos mantas.
– Me has contagiado tu torpeza encantadora y he abandonado mi yuppydez. Creo que voy a tener que perdonarte que no sirvas para mucho, guapo. Con que estés ahí con tu felicidad inmaculada, me conformo.
– Eres más mala que la sarna, como no reprimas tus comentarios ninguneándome te vas a enterar de lo que vale un peine, monada. Hace tiempo que sé que para tí vivir sin mí sería un calvario infinito. Te voy a lavar la boca con jabón para que se te queme la lengua.
– Mejor me besas y así ya me quemas tú directamente.
– Bueno, no me despistes, a lo que íbamos. Ya está hecho. He seguido tus instrucciones al pie de la letra. He saboteado la reunión de la comunidad de vecinos, estaba inspirado y se han vuelto locos con mis preguntas contradictorias. Creo que al final han firmado todos agotados, para que yo no siguiera dándoles la paliza. Estarás contenta. Han reconocido la libertad de expresión, de posesión y de indiscreción: Podrás seguir bajando a bañarte en pelotas a la piscina en las noches de verano.
– Eres un sol.
– Sí, pero el grifo de la cocina te lo arregla el fontanero, maja.
– Mullidámonos.

[Dedicado a Blogger Blues http://blogjoeandres.blogspot.com/ ]

Guardaespaldas de limón


Así que, como allí estaba yo, delante del fregadero, pensando en tu boca de flor de buganvilla, sonriendo abstraída, mirando cómo se forma y cómo cae la gota de agua de un grifo, haciendo ese ruido que sólo tú supiste enseñarme a distinguir, poingchidiviú, así hace la gota,…

Así que como estaba yo con las melenas despeinadas por allá por la nuca, concentrándome en ese momento en el que sé que vas a entrar sin hacer ruido, para acercarte a mis sensaciones y a mis pensamientos por mi retaguardia, a traición…

Así que como me cobijas la espalda y a mí me recuerdas a un caramelo amarillo-ámbar de miel y limón…

Pues he decidido nombrarte mi guardaespaldas de limón, porque me produces dentera y un placer dulce cuando te acercas así. Porque me recuerdas cómo son los centros del placer, los que sueltan chorros de endorfinas y los neurotransmisores de la lujuria. Porque me envuelves como si me fuera a romper, para poder partirme en dos tú solito, para poder matarme sin que me muera, para protegerme del aire, porque te pones celoso.

Te regalo la primera erección de mi vello, mi guardaespaldas de limón, te regalo el primer suspiro que me sale con tu roce.

[Foto: Manuel Zardain, http://www.pintoresmexicanos.com/ ]

Pinto tus raíces

Veo un árbol en tí. Y, para poder subirme a él, lo voy pintando sobre tu piel tiernecita. Y voy colocando hojas verdes y frutas en tu cara y en tus manos, mientras te da una risa contagiosa que me distrae. Pero me pongo muy seria y sigo haciendo líneas marrones en tu cuerpo, el tronco del árbol y las ramas, en tu pecho, en tus brazos, una manzana en tu frente y una ciruela en tu mentón. Un tronco recio y unas ramas retorcidas. Te miro y te veo fuerte para sostenerme cuando trepe.
Y, desoyendo tus gemidos, comienzo a pintar tus raíces. En las piernas largas y profundas, bien agarradas a la tierra. Pinto un gusanito en el dedo gordo de tu pie izquierdo sólo para desesperarte, tomarte el pelo y oírte de nuevo reír. Y subo a pintarte una raíz gorda en tu raíz. Una raíz gruesa como una vena insufrible rodeando, surcando, perfilando y avanzando por ese soporte carnoso que te sale despistado, con voluntad propia, de esa especie de barba entrecana.
De repente me da una lujuria en colores y se me caen los pinceles. Hundo los dedos en los tarros de pintura y te lo emborrono todo con naranjas, amarillos y rojos, como en un amanecer en el que todo tiene mucha vida, todo se levanta, hasta los pajaritos se levantan y ya no puedo aguantar la risa.
Así que hundo mi lengua en mermelada de fresa y la uso para pintarte una cereza alrededor de la boca, rodeando ese labio rojo que se te ha quedado caído, belfo.
Meto mi nariz en mostaza y pinto dos solecitos infantiles en tus pezoncillos, mientras empiezas a mirarme con cara de sátiro del bosque.
Y sin pensarlo seis veces, me enclavo en tu raíz. Esa que me apunta acusadora, mirándome con su único ojo y pidiendo misericordia.
Y dejo que seas tú el que me pinte por dentro. El que me llene de un alba inmaculada, de lunas blancas, y de lava de infierno.

[xrisstinah. Diciembre 2003. Primeras Piedras. Narradores.es]

Pinto tus raíces

Veo un árbol en tí. Y, para poder subirme a él, lo voy pintando sobre tu piel tiernecita. Y voy colocando hojas verdes y frutas en tu cara y en tus manos, mientras te da una risa contagiosa que me distrae. Pero me pongo muy seria y sigo haciendo líneas marrones en tu cuerpo, el tronco del árbol y las ramas, en tu pecho, en tus brazos, una manzana en tu frente y una ciruela en tu mentón. Un tronco recio y unas ramas retorcidas. Te miro y te veo fuerte para sostenerme cuando trepe.
Y, desoyendo tus gemidos, comienzo a pintar tus raíces. En las piernas largas y profundas, bien agarradas a la tierra. Pinto un gusanito en el dedo gordo de tu pie izquierdo sólo para desesperarte, tomarte el pelo y oírte de nuevo reír. Y subo a pintarte una raíz gorda en tu raíz. Una raíz gruesa como una vena insufrible rodeando, surcando, perfilando y avanzando por ese soporte carnoso que te sale despistado, con voluntad propia, de esa especie de barba entrecana.
De repente me da una lujuria en colores y se me caen los pinceles. Hundo los dedos en los tarros de pintura y te lo emborrono todo con naranjas, amarillos y rojos, como en un amanecer en el que todo tiene mucha vida, todo se levanta, hasta los pajaritos se levantan y ya no puedo aguantar la risa.
Así que hundo mi lengua en mermelada de fresa y la uso para pintarte una cereza alrededor de la boca, rodeando ese labio rojo que se te ha quedado caído, belfo.
Meto mi nariz en mostaza y pinto dos solecitos infantiles en tus pezoncillos, mientras empiezas a mirarme con cara de sátiro del bosque.
Y sin pensarlo seis veces, me enclavo en tu raíz. Esa que me apunta acusadora, mirándome con su único ojo y pidiendo misericordia.
Y dejo que seas tú el que me pinte por dentro. El que me llene de un alba inmaculada, de lunas blancas, y de lava de infierno.

[xrisstinah. Diciembre 2003. Primeras Piedras. Narradores.es]