Dafrosia y Bladulfo



Dafrosia reparte butano. Literalmente. No es que parta el bacalao, metafóricamente hablando, o algo parecido, no. Es repartidora de butano. Va pitando con su camión por esas calles intrincadas e inextricables y subiendo bombonas a alturas insospechadas, con estoicismo helenístico o con un par, cada uno que elija la expresión que más se adapte a sus modos y pensamiento. Ha tenido que soportar muchos chistes en su vida laboral y no está para pamplinas.
Menos mal que hace tiempo encontró a Bladulfo, su alma gemela, su oasis, su fan infinito, su vecino.
Porque Bladulfo es de profesión vecino. Presta la sal, los huevos o la leche con un amor sin par hacia la humanidad en general y hacia Dafrosia en especial. Tiene ojos color cadmio que evocan las florecillas de los prados de cuando había prados con florecillas y sonríe con la dulzura de un ángel de cuadro flamenco.
A veces organizan encuentros hogariles entre ellos para colaborar mutuamente en la superación de sus infortunios, con mucho puré de patata, café con posos para adivinar el futuro y paella entre medias. No son pareja de hecho, pero podrían serlo de derecho o de tortuosidades.
Ella le desatora las tuberías de cal con una máquina de presión que heredó de su padre y hace un ruido infernal, mientras piensa en retozar con su Bladulfo. Él sueña con lamerle las orejitas, mientras cocina macarrones con ajo, pimentón de la Vera y anchoas de Cantabria. Y el viento sopla entre los olmos del parque que rodea su urbanización. Bueno, no hay olmos, pero podría haberlos, el mundo está lleno de posibilidades, ¿no?. También el loro de la del 4º podría ser un ruiseñor y cantar para no contar a grito pelao los cotilleos de esa casa, pero el mundo es imperfecto para mantener el potencial de adaptación. Tampoco viven en una urbanización, pero un bloque adosado a otros tresmil bloques siempre es urbanizable, es bonito vivir con  la esperanza de que arreglarán luz y alcantarillado un siglo de éstos.
Bladulfo y Dafrosia, Dafrosia y Bladulfo, tanto monta, monta tanto, pasean a veces por la playa contando cáscaras de coquinas y estrellitas de mar minúsculas. Juegan con las paletas dando la lata a los niños que hacen castillitos de arquitecto principiante en la arena marrón y a los novios que han decidido hacer espectáculo público de su magreo incondicional. Se ríen como locos por lo bajini cada vez que la pelotita le da en el ojo o en los cataplines a algún habitante de la playa.
Cuando están juntos en uno de esos momentos mismículos, sólo discuten si el agua caliente se venga con un frío siberiano en medio de la ducha. Los dos se niegan a cambiar la bombona y cada uno vuelve ofuscado a su piso, a sus retos cotidianos, como quitar las pelusas de la alfombra de la entrada o subir las maletas del año pasado  al maletero, en vista de que se acabaron los viajes.
El mundo es imperfecto y a veces solitario, para que los mochuelos vuelvan a su olivo y uno pueda descansar en paz de las manías del otro, pero los dos se mantienen vivos con la esperanza de que algún día se acabará el aceite o se quedarán sin bombillas.
También las personajas y los personajos humanos son urbanizables.

Conversaciones en un autobús con aspiraciones a metro


Ella me miraba y me veía la oreja, estaba su deseo lacivo de poseer mi oreja y clara su intención de asegurarse al menos de mi capacidad de percepción auditiva, y anhelante de comprobar si mi oreja captaba sus melífluas frases y sus labilidades emocionales rememorando su encuentro con su médico. La captación por parte de mi cerebro, sin embargo, tenía órdenes precisas de filtrado y distribución de la información de forma suficiente para producirme en la cabeza un movimiento como el de los perritos de adorno de los coches, en una afirmación perenne y estirando ambos labios (los de la cara) de forma increíblemente elástica enseñando una dentadura ofensiva en su perfección, así que en mi ausencia no me dí cuenta de que ella ya había pasado a enumerarme las endodoncias, peridoncias, y otras transfixxiones perpetradas por su dentista en su boca y en su espíritu. La señora era amable, he de reconocerlo, mi amabiliadad siempre ha dejado mucho que desear, la señora tenía verdaderos deseos de comunicación, los míos estaban más próximos al del ermitaño. Pero soporté con sonsrisa estoica cuando me dio caramelos para mis niños (aún no estaba yo muy segura de si tengo hijos) y me dijo que mi marido debería sentirse afortunado por tener una esposa como yo (posiblemente el proceso de pensamiento de mi exmarido pertenezca a otra escuela). Me dirigió una profunda mirada de gallina maternal protectora (pensé: “otra”) y vaticinó que mi futuro sería muy productivo, dada mi gran capacidad creativa, su ceguera mental le impidió ver el caos. De cualquier forma le devolví sonrisa de escuela de monjas de las de antes. Por suerte estaba en Madrid, podía elegir por igual el caos o el orden. A mi lado tenía el ministerio de Agricultura con esas impresionantes estatuas en la parte superior amenazando con llevarme en sus carros a no sé qué otros tiempos igual de ilógicos. Y por lógica también, en los metroautobuses las conversaciones unilaterales no duran más de cien años. Luego eché de menos el soniquete zumbón de su voz en mi oreja, era un símbolo de orden en un mar revuelto de sonidos con menos vocación de mutismo que la mía.

Hice mutis por el foro,

o a lo mejor muté a óleo flamenco para colgarme en las paredes de algún museo de alguna Baronesa, que es que a veces pierdo las memorias.